Paseaba con colores en sus ojos,
peligrosos y afables.
Con do re mis en los oídos:
llamas, balas y tiritas.
Con cosquilleo en las manos
de inauditos cuentos venideros.
Se paró,
tocó Palabras,
abrió la piel, mente y boca.
Fluyó ella, fluyó todo.
Paseaba con colores en sus ojos,
peligrosos y afables.
Con do re mis en los oídos:
llamas, balas y tiritas.
Con cosquilleo en las manos
de inauditos cuentos venideros.
Se paró,
tocó Palabras,
abrió la piel, mente y boca.
Fluyó ella, fluyó todo.
- ¡Bú! -dijo el miedo.
- ¿Por qué vienes?
-Porque dice la alegría
que me gana en recuerdo.
-Ah. Ya que estás, quédate, pues, un rato.
Quizás, si me haces de zorrito,
te haré de principito,
y podremos ser amigos para siempre.
Una vez estuvo triste, pero dijo Loki que así
no le darían descuentos,
ni segundas oportunidades,
ni fáciles perdones,
ni grandes amores.
Y un día sonrió para siempre.
Se demoraba Odín.
Mañana.
¿Qué mañana?
Hay mañanas que jamás vuelven a tomar un café.
Disfruto de mi moca mientras te cuento.
El sabor placentero apacigua las preocupaciones.
Aquel día otoñal la piruleta despidió para siempre al ángel del carrito pastel.
Los del puente nunca más se apuraron para ver las horas en el Big Ben.
Y el mar acercó sus olas marsellanas a las últimas risas juveniles antes del derrumbe.
La abuela deseosa de brindar por sus años en el bar del barrio,
se fue sin chinchín con los frescos primaverales.
Y papá se quedó con la mano en el alféizar de agosto,
con su cinturón negro empujando con desesperación las puertas del armario.
¿Mañana?
¿Y si hoy te tomas un café conmigo?
Mañana, mañana ya se verá.
O no.
Peligroso abismo de las frases sinceras.
Salvación de las historias:
un puente de versos.
No los regañes severo.
Aún no entienden de largos monólogos solitarios.
Déjales que crezcan,
mis primeros hijos.
No los desanimes apresurado.
Permíteles que gateen inocentes.
Ya se erguirán con sus versos adultos,
mis poemas primerizos.
Atacaron de repente, sin previo aviso.
Asombrada, me dejé llevar a su terreno.
Prometieron darme voz a cambio de temor.
Sin entender, acepté el trato.
Los apolos, cómplices de mis relatos y feudales de mis
miedos, me dijeron en secreto que Elpis convierte el espanto en magia.
Las notas se sientan en mi oreja.
Juegan, se mueven ligeras y frescas.
Acarician mis horas,
anuncian nuevas historias,
colorean mis frases,
encantan mis palabras.
Y siendo testigos del nacimiento de
nuevos capítulos literarios
se despiden con dulzura.
Llegué cansada después del viaje.
Saqué de mi maleta
los marcos decolorados llenos de
ausencia,
mi traje de piedra del funeral de agosto,
mi pequeño pecho de vidrio roto,
las horas viejas, deceleradas por
el tiempo de mala espera,
mis medallas y mis multas,
el libro de mi selva,
los zapatos gastados por mis
callejones,
una taza llena de cafés con dulce
de charlas,
mi caja de ahorro de latidos
compartidos,
hojas de quejas,
gafas de girasoles,
un lápiz, una solicitud de tiempo y
el corazón rescatado.
Me desnudé.
Arranqué mis púas y escamas.
Quiero llenarme
de tus silencios
que afinen con mis emociones,
de tus pensamientos
que busquen conciliación con los míos,
de tus palabras
que guerreen para encontrar aliados
entre mis frases.
Qué suerte poder tomar del brazo al pasado.
No tener que espantarlo con
excusas, ira, llanto ni blasfemias.
Evocar el café de antaño en un bar
de dos mil y algo.
Sonreír con las risas de los mocosos
que fuimos hace un rato.
Enlentecer el paso por un repentino
olor que se ancla en un recuerdo.
Calentar los pies con la música que
dibuja un puente hacia aquellos… «¿te acuerdas?»
Soñar con los sueños que a posta repetían años.
Sosegar el humo de reminiscencia falto de mensajes para el presente.
Escribir hoy versos que invitan al
ayer a acompañarme mañana.
En la esquina me dieron ánimos varias veces.
Se merecen que los llame familia.
Los del segundo conocen toda mi vida.
Familia tiene que ser desde luego.
El que pasa por la parada de enfrente recuerda mi nombre, y el de mi hermano y el de mi perra también. Incluso se acuerda de nuestros esguinces, fiebres, pellas y despidos.
¿Cómo no sería familia?
Ojeo las fotos. Por aquí yo, y por ahí y en el otro montón también, por supuesto.
Si no es familia, ¿qué será?
Me siento en las escaleras de mis
días, con mi DNI, mi árbol genealógico borrándose de mi memoria, algunas
salvadas cartas escritas a mano, impresos del empadronamiento y me miro adentro
y me miro...
A veces terminas una tarde luminosa con las palabras hechas una bofetada.
Por ahí te da por insultar a todos
los santos, vivos y muertos.
Tal vez en vez de soltar una cálida
frase sueltas un eructo.
Por alguna razón el día no da para ser más que un animal.
Pero
lo más probable es que, incluso sin
querer, tarde o temprano agarres algún sentimiento en vuelo,
lo humano vuelva del paro,
digas «qué cretina manera de desparramar el barro por las intenciones ajenas»
Y
volverás a pensar en un lenguaje más
genuino
a despertarte con una margarita en
el pecho
a abrir la boca para liberar soles
y hasta el siguiente ataque de tus
básicos instintos
los átomos parecerán tenerlo todo
en su sitio.
Cada gélida mañana, mirándose a través del ardiente
líquido, soplaban aire en la cerbatana moldeando formas de cristal. Sus
abrasadoras miradas avivaban el fuego en los hornos.
Entre tanto, tras las ventanas, el invierno echaba los
copos de nieve perezosamente.
En la Nochebuena, cuando las plateadas puntas de la
estrella de Belén tocaban las ramas de la pícea, los cariñosos abrazos de los
artesanos encendieron en el cielo millones de primeras estrellas.
Porque no soy yo quien estuvo, quien está y quien te ayuda a esquivar los chaparrones de la vida.
No soy la pequeña que creció al son
de tus pasos.
No soy a quien tienes guardado en tantos recuerdos.
No fuiste tú desde siempre, no fui yo tampoco.
Sólo conozco las extravagancias de
tu niñez de las anécdotas repetidas por quien sea para matar aburrimiento
o para despertar entusiasmo igual
al del telediario que se enfría tan rápido como las tostadas matutinas.
Falté en tantas ocasiones.
No me cuesta hacer memoria para rescatar instantes comunes.
Por eso hoy no estás.
Por eso no estoy yo.
No sientes más que curiosidad por la causa cuando me sangra la herida.
Apenas te acuerdas de dos días de mis hechos
y yo no puedo culparte.
Sólo me culpo de llamarnos amigos tan a la ligera.
Aparecí dos veces para compartir
tres risas.
Estuviste dos veces para compartir
tres asombros cotidianos.
Existimos juntos en dos fotos con fechas irrelevantes.
No perdí ningún vuelo por tu
urgencia.
No perdiste ninguna noche por mi
necesidad.
Nos dimos dos abrazos tres días
cualesquiera
y nos llamamos amigos sin tomar
conciencia del concepto.
16
de abril de 1912
¿Por cuántos lugares habré volado ya?, se preguntaba
Harriet Quimby.
Volé por las páginas de San Francisco Chronicle y por
los planos en blanco y negro de Griffith, recordaba observando con admiración
su aeronave.
Y esta vez el viento, rozando el océano agitado aún
por el choque, asistía a mi siguiente vuelo. Lo he visto todo tan grande y tan
pequeño al mismo tiempo. Hoy, mirar las aguas oceánicas me contentaba y
entristecía, más oscuras e intranquilas, parecían reflejar el tormento ajeno.
Tenía la sensación de que mis lágrimas de felicidad podrían alcanzar las
lágrimas del naufragio, suspiró conmovida.
Ellos nunca más pisarán la orilla y yo, sin embargo,
he llegado a salvo a las playas francesas. He cruzado el Canal. Os lo cuento
bajito, el Atlántico me ha pedido silencio, confesó reflexiva.
7
de diciembre de 1997
¿Lo han escuchado? Me ha parecido oírla:
Bleriot, no me vas a detener. Seguiré volando en
Valhalla dando vueltas con las notas de Rachmaninov.
La primera palabra alcanzó su oído. Penetró el cráneo
y entró en el cerebro. Se hizo aliada de las neuronas. El mensaje malvado
alcanzó todos los rincones y sembró veneno en todos los órganos. El cuerpo se
desmayó.
Una nueva palabra pasó por sus oídos. Llegó a los
lóbulos, combatió el veneno.
La víctima despertó.
Se paró en la Plaza de la Libertad con sus recuerdos
heridos y su cuerpo aún dolido. Higía y Panacea tocaron sus afligidos hombros.
Simón miró hacia arriba esperanzado. Su sudor y sus lágrimas se elevaron hacia
la nube y la llovizna roció su cara.
El cumulonimbus reptó enérgicamente hacia el río. El
anciano volvió a sentirse ligero. Sobre el Varta voló una serpiente, detrás de ella,
una estela de polvo se hundía en el agua.
De lejos, Asclepio, en un carruaje arrastrado por los
relámpagos, observaba a sus hijas.
Siete de la mañana. Del lunes al viernes tocaba
subirse a la misma línea del metro en la estación de siempre. Intentaba ver el
lado positivo de mis rutinarios madrugones: a las siete aún conseguía sentarme
y no me veía obligado a ser parte de un roce social exagerado viajando de pie
entre las multitudes.
Así que me senté y empecé a evaluar las opciones
existentes de entretenimiento para la siguiente hora y pico de viaje.
El libro lo dejé para después del trabajo. Me veía incapaz
de mantener los ojos abiertos durante algo más de tres frases.
Las noticias transmitidas por ese aparentemente
imprescindible dispositivo llamado móvil me resultaban ser un pasatiempo
eficiente por unos minutos. Pero hastiado por lo reiterativos que eran los
titulares, opté por desprender la vista de la pantalla y echarles un vistazo a
los escasos movimientos en el vagón.
Fijé la vista en la pareja sentada enfrente. Unos
joviales setentañeros cautivaron mi atención. Ella sujetaba en las manos un crucigrama
y un lápiz. Él, con su rodilla derecha, rozaba sutilmente la rodilla izquierda
de su compañera. Aprovechaba cada posibilidad de sugestión de un vocablo para
tocar con sus dedos la mano con la que ella rellenaba los espacios vacíos en
las palabras entrecruzadas. Algo tan bendito emanaba de ellos, y tan verdadero.
Con la forma en la que se hablaban el uno al otro serían capaces de serenar una
buena cantidad de pensamientos desalentados de los otros pasajeros.
-¿Sinónimo de dicha? -se dirigió ella a su compañero.
“Las palabras que están buscando su sitio entre las
casillas y estas dos rodillas que se acarician mutuamente” -respondí en mis
pensamientos.
Emparchado. Las tejas multicolores, las paredes remendadas, la puerta reparada con tablas de madera originarias de distintas épocas, los mar...