Llegué cansada después del viaje.
Saqué de mi maleta
los marcos decolorados llenos de
ausencia,
mi traje de piedra del funeral de agosto,
mi pequeño pecho de vidrio roto,
las horas viejas, deceleradas por
el tiempo de mala espera,
mis medallas y mis multas,
el libro de mi selva,
los zapatos gastados por mis
callejones,
una taza llena de cafés con dulce
de charlas,
mi caja de ahorro de latidos
compartidos,
hojas de quejas,
gafas de girasoles,
un lápiz, una solicitud de tiempo y
el corazón rescatado.
Me desnudé.
Arranqué mis púas y escamas.
Quiero llenarme
de tus silencios
que afinen con mis emociones,
de tus pensamientos
que busquen conciliación con los míos,
de tus palabras
que guerreen para encontrar aliados
entre mis frases.
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