Emparchado. Las tejas multicolores, las paredes
remendadas, la puerta reparada con tablas de madera originarias de distintas
épocas, los marcos debilitados por el paso del tiempo sosteniendo con
determinación las hojas de vidrio.
Una casa que
despertaba sensaciones antagónicas.
Había algo en ella que, a pesar de su ajado estado,
aseguraba una estancia serena al pasar el umbral.
Entré ávido de reafirmar los consejos de mi intuición.
Los anaqueles me dieron la bienvenida haciéndoles
rebotar a los marcos depositados en su superficie con algunas viejas y otras
más recientes fotografías en su interior.
En la butaca, un hombre longevo estaba sentado cómodo,
mirando hacia la ventana desnudada intencionadamente de las cortinas para poder
apreciar el exterior sin obstáculos: un viejo pero bien mantenido balancín,
árboles recién plantados y otros con varias décadas encima, niños cavando en la
tierra, mojándose con la regadera escamoteada y de tanto en tanto enviando
besos hacia el observador octogenario, el jardinero podando una flamante
rosaleda, pegado a los troncos de las thujas un montículo señalando la cucha
eterna de su cuadrúpedo compañero.
Un sombrero se arrellanaba en el sillón pegado a su
mueble gemelo.
Habiendo sondeado el entorno supuse que a la dueña ya
le había llegado su hora. La prenda de paja cumplía desde entonces funciones de
compañía que se le habían conferido.
Pensé en el trompo de mi abuelo que desde su partida
empezó a formar parte del estante colgado encima de mi cama. Yo en esos
instantes contaba con poca antigüedad mundana. Cada noche miraba el juguete de
madera y le dirigía unas palabras. Era para mí como un rezo nocturno que me
ayudaba a conciliar el sueño.
Volví a fijarme en el hombre sentado en el salón.
Me fijé en su rostro, arrugado y entrañable y sus ojos
de color azul acero. Su casa y la gente amada eran su cobijo. Ha sido capaz de
proteger y reconstruir su guarida tras cada pérdida de algún fragmento. Las
quebraduras en muchas ocasiones debilitaron su armazón vital pero las
relaciones reedificadas y los muros reforzados seguían siendo su escudo.
Las voces de los pequeños pirueteando por el cenador,
insinuaban que reposara en las escaleras con su último escalón rozando el
ripio.
¿Habré leído los pensamientos ajenos en aquellos ojos
azulados o vi en ellos mis propias reflexiones?
La barandilla me pareció lo suficientemente cómoda
como para apoyar la cabeza y cerrar los ojos por unos minutos.
Me despertó el viento que entró en casa sin invitación
previa y comenzó a columpiar los visillos y el trompo de mi abuelo instalado en
la mesilla.