Qué suerte poder tomar del brazo al pasado.
No tener que espantarlo con
excusas, ira, llanto ni blasfemias.
Evocar el café de antaño en un bar
de dos mil y algo.
Sonreír con las risas de los mocosos
que fuimos hace un rato.
Enlentecer el paso por un repentino
olor que se ancla en un recuerdo.
Calentar los pies con la música que
dibuja un puente hacia aquellos… «¿te acuerdas?»
Soñar con los sueños que a posta repetían años.
Sosegar el humo de reminiscencia falto de mensajes para el presente.
Escribir hoy versos que invitan al
ayer a acompañarme mañana.
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