Siempre sale el sol.
Fui testigo de ello en múltiples ocasiones.
También aquella vez, cuando a mediados de verano,
terminé alojándome por azar en la fonda de un pequeño pueblo ubicado a pocos
kilómetros de la cordillera. Unos días de desconexión de los compromisos
profesionales siempre vienen bien. Además, es un momento apropiado para
conectar con todo aquello que durante la época de una intensa actividad laboral
solo gime por las mañanas, cuando el crepúsculo matutino parece invitarme, casi
siempre sin éxito, a desempolvar algunas habilidades y deseos apilados
estáticamente en la memoria inactiva.
Instalada en
una acogedora habitación rústica, sintiéndome cómoda y segura, observaba por el
vidrio de la ventana un espectáculo meteorológico.
El aviso del clima fue repentino y de corta duración.
Enseguida el cielo se tornó opaco y los árboles, tras
una endeble resistencia, comenzaron a encorvarse oprimidos por inclementes y
tenaces soplos del viento.
Los granos de hielo descendieron trotando hacia la superficie.
La ausencia de peatones y conductores en la calle de
enfrente me permitió disfrutar sin sentimiento de culpa o angustia de ese
gélido hostigamiento que nunca antes había experimentado.
Los montículos blancos y los torrentes formados en
ambos lados de la calzada cambiaron asombrosamente la escenografía de mi
domicilio temporal. Las corrientes acuáticas avanzaban veloces arrastrando con
vehemencia todo lo que hallaban en su camino. Los azotes glaciales ahuyentaban
a los seres vivos de los alrededores. La furia de la tempestad no duró mucho
tiempo. Pronto el paisaje volvió a parecer más amigable y sereno.
Me puse las katiuskas y salí a respirar el aire húmedo
que olía a hierba sacudida por el agua y cortada con las bolas de hielo.
A unos pocos metros de mi albergue se encontraban unos
terrenos campestres en cuyos extremos había descubierto frutales de diferentes
tipos que resultaban atractivos para los residentes de grandes metrópolis.
Decidí caminar hacia aquella zona pensando que
merendar fruta fresca recién arrancada de las ramas sería la mejor manera de
culminar una tarde tan interesante.
Llegando a los perales vi a un individuo arqueado que escupía
y soltaba numerosos insultos hacia un receptor desconocido.
Avancé unos pasos para poder comprender lo que estaba
pasando.
El hombre, con su mirada triste y desesperada,
contemplaba el campo devastado por la granizada. Abismado en su pesadumbre, no
se percataba de mi presencia ni de la torcaza muerta que yacía a sus pies,
acribillada por el granizo. Meses de arduo y sacrificado trabajo fueron
destrozados en cuestión de unos pocos minutos.
La malla del vecino agricultor, casi intacta, seguía
protegiendo la cosecha con su firme tejido.
Los rayos del sol rozaron los campos desamparados y
heridos del campesino afectado por el temporal.
Es cierto, pensé, después de la tormenta siempre sale
el sol. Sale para presenciar los días calmos y los agitados, las victorias y
las derrotas, la fortuna y la desgracia, sale con los nacimientos y las
muertes, sale alumbrando lo más delicado y lo más brutal de la naturaleza y de
la humanidad. Sale siempre, pero no siempre sale igual para todos.
👏 como siempre una lección gramatical y de composición! Un mérito increíble defender una lengua del modo en que lo haces sin ser tu lengua materna! Haces que nos hundamos en diferentes situaciones por lo detallista que eres en cada una de las descripciones de las escenas/momentos/instantes. Gracias por compartir esa riqueza! Y en cuanto a que no sale el sol para todo el mundo igual… metáfora que me fascina! Todo es cuestión de actitud! Un abrazo
ResponderEliminarOlga, me gusta mucho leer tus comentarios. ¡Muchas gracias por este en concreto y por cada uno de ellos!😊 ¡Te mando un abrazo que vuele hasta Cataluña!🤗
EliminarHola Joannna, hace mucho tiempo que no leo los blogs; me gusta la lectura. Cuando apareciste en Twitter me dio por leerte; me gustó por tu forma de relatar, sentí curiosidad.
ResponderEliminarNo sé si es tu estilo en la narrativa, mezclar con partes de realidad. La climatología está siendo devastadora para muchas personas, y es muy real que el sol no sale para todos por igual.
Admiro tu forma de relatar; leí en tu perfil que eres escritora. Gracias por este momento.
¡Hola Encarni! Muchas gracias por leerme y por tu comentario. Me alegro mucho de que pueda ofrecerte un momento ameno de lectura. En mis relatos hay un poco de todo: una combinación de lo real y de lo imaginario con algún que otro toque poético de vez en cuando. ¡Un abrazo!
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