Cada gélida mañana, mirándose a través del ardiente
líquido, soplaban aire en la cerbatana moldeando formas de cristal. Sus
abrasadoras miradas avivaban el fuego en los hornos.
Entre tanto, tras las ventanas, el invierno echaba los
copos de nieve perezosamente.
En la Nochebuena, cuando las plateadas puntas de la
estrella de Belén tocaban las ramas de la pícea, los cariñosos abrazos de los
artesanos encendieron en el cielo millones de primeras estrellas.
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