Se paró en la Plaza de la Libertad con sus recuerdos
heridos y su cuerpo aún dolido. Higía y Panacea tocaron sus afligidos hombros.
Simón miró hacia arriba esperanzado. Su sudor y sus lágrimas se elevaron hacia
la nube y la llovizna roció su cara.
El cumulonimbus reptó enérgicamente hacia el río. El
anciano volvió a sentirse ligero. Sobre el Varta voló una serpiente, detrás de ella,
una estela de polvo se hundía en el agua.
De lejos, Asclepio, en un carruaje arrastrado por los
relámpagos, observaba a sus hijas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario