Tan apreciado por mí puede llegar a ser el objeto de
odio temporal cuando en versión ajena lo tengo cerca en un estado indeseable.
Adoro los trenes donde aún puedo sentarme enfrente de
otros pasajeros en un compartimiento. Eso me ha permitido, en numerosas
ocasiones, entretenerme durante los viajes observando a los azarosos actores
escuchando historias provenientes de diversos lugares del mundo.
Por eso me sentí entusiasmada al ver a la viajera
abriendo la puerta para colocarse en el asiento paralelo. Pero la desilusión se
presentó justo después de la que consideraba una ansiada llegada de la
compañera del trayecto.
Creo que aquella imagen fijada en mi cabeza en cámara
lenta y las dos horas posteriores que parecían durar toda una eternidad, se
quedarán para siempre en el cajón de mis recuerdos de vivencias turbadoras que
con el tiempo se convierten en chistosas. Podré usarla para divertir a los participantes
de más de una reunión deseando asimismo que contarla me sirva de hechizo con el
que aleje de mí para siempre este tipo de compañeros de viaje.
Nunca dejaré de asombrarme cómo algunos actos inocuos
de la gente finalmente resultan ser lamentables.
La veía desatando los cordones de sus zapatillas
blancas. Los recipientes níveos de imitación cuero llevaban en su interior dos extremidades
que habían pasado ahí un largo rato. Desnudas, habiendo saltado al exterior,
aletearon removiendo el aire a su alrededor.
Y fue cuando mi sufrimiento comenzó.
Hasta el final de esa ardua aventura deseaba estar
padeciendo de hiposmia, pero el funcionamiento de mi organismo no parecía estar
sincronizado con mis anhelos.
El rostro despreocupado de ella indicaba claramente
que el sentido químico correspondiente no informaba a la autora de los hechos
sobre el desorden olfativo que me provocaba.
Llegando a mi destino creía estar ganando una carrera
de resistencia. Salté por los escalones aplacando mi disgusto. Con pasos
enérgicos me dirigí hacia la salida.
Observando mis pies que una y otra vez tocaban la
superficie del andén me prometí cuidarlos mucho no sólo para que me sigan
llevando a todas partes, también para no arriesgar la salud física y mental de
mis acompañantes durante los futuros periplos.
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