La pequeña negra acababa de nacer. Dio su primer
brinco y después otro y otro y así, brincando, se fue a su primer paseo.
Se paró en el alféizar de la casa del viejo Rubí, que últimamente
no andaba al ritmo habitual. Su amigo, con el que de pequeño hacía guerras con
balas de moras y con el que después siguió guerreando en el hospital donde
trabajaban juntos, se mudó recientemente a ese lugar donde dejaría de pelear
para siempre por los asuntos terrenales.
Así pues, estaba don Rubí, sentado en la butaca,
rechazando todo tipo de visitas excepto las de las moscas que al topar con sus
palmas recibían azotes. Eran los únicos momentos de cierto desahogo y entretenimiento
para Rubí desde aquella fatídica mudanza de su compañero de batallas.
La negra saltó al mueble donde vio un reloj de madera.
Se fijó en sus agujas. Inertes, colgando en las seis y media parecían imitar el
estado de ánimo del castigador de insectos. La pequeña nota empezó a empujar
con su palo las cabecitas de las agujas hasta que comenzaron a chirriar y a
moverse perezosas.
Rubí abandonó su tarea de perseguir a sus visitantes
alados y prestó oídos al novedoso ruido para averiguar de dónde venía.
¡Ajá!¡El reloj de la tía Cornalina!, exclamó avivado.
Cornalina era una especie de tía bruja que hechizaba
todo y a todos y lo hacía siempre que aparecía, sin excepción alguna. Convertía
a las personas en seres deseosos de vivir la cotidianeidad como un gran
festejo. En invierno Rubí y los demás pasaban horas y horas acompañados de
Cornalina y su reloj. La imaginación de la tía y el alegre tictac les hacía
mover los cuerpos y las neuronas.
-No me vengas con tonterías, Rubí. No te me vas a
rascar la barriga ahora. Te dejo el reloj. Ese tictac lo quiero oír esté donde
esté. Y a ti te quiero ver meneando, hazme el favor -dijo un día con un tono de
ruego y exigencia o tal vez simplemente, de amor.
-Y vosotras, ¿qué? -se dirigió Rubí a las manecillas, dándole
cuerda al reloj.
Los corazones de ambos volvieron a palpitar
aceleradamente.
Instantes después Zafiro abrió la ventana y se sentó
al piano.
La negra voló hacia él y le susurró al oído la
historia de Rubí.
El músico colocó cuidadosamente a la negra en el
pentagrama, junto a otras negras, blancas, corcheas y semicorcheas y empezó a
tocar una bella melodía, a ratos triste a ratos alegre, pero sin duda emocionante.