En un barrio cualquiera de una ciudad que pocos
conocen, nacieron en un árbol dos pequeñas hojas, cada una en su rama.
Circundadas por una intensa fronda, nadie sospecharía que podrían percatarse de
su mutua existencia. Y, sin embargo, como pasa con frecuencia, tenía que darse
y ya se ocupó de ello una importante parte de su universo.
No les tengo que explicar, supongo, cómo fue posible,
porque seguramente ustedes más de una vez vivieron o escucharon hablar de
ciertos hechos que ocurrieron a pesar de que la posibilidad de que sucediesen
rozaba casi lo improbable.
Pues les digo que se encuentran de nuevo ante uno de
estos asombrosos acontecimientos.
Se vieron.
Tal vez para un observador común serían dos simples
hojitas. No obstante, estas dos proclamaban una atracción inigualable la una
por la otra. Esperaban ansiosamente los días en los que el viento soplaba con
vehemencia para poder acercar sus ramas, tocarse por unos instantes y
satisfacer su creciente deseo.
Esos encuentros tan encantadores con el tiempo se
convirtieron en angustia e insatisfacción.
El mismo viento veía cómo los verdes enamorados
perdían su brillo y cómo cada despedida los desalentaba con mayor fuerza.
Pronto el sol dejó de irradiar y la corona del árbol
se tornó pelirroja.
El viento volvió a visitar las ramas y con varios soplidos
agitó las hojas bruscamente. Los amantes del árbol se dejaron llevar por la
ráfaga y cayeron al suelo. Con un soplo más el viento colocó las hojas una al
lado de la otra. ¡Por fin se unieron!
¿Y cuánto durará su felicidad?, pensó el viento
observando cómo de lejos se acercaban las amenazantes ruedas del contenedor que
engullía todo lo que encontraba en las aceras.
Por suerte, existen historias de amor que nos gusta
escuchar, ¿verdad?
De la otra punta de la calle venía una joven mujer
llevando en la mano un poemario.
Vamos a decir que el viento ha tenido en este relato
un protagonismo no menor al de los amantes.
En fin, no paraba de lograr sus objetivos soplando.
¡Cómo no!
Sopló una vez más, en esta ocasión sin siquiera acercarse
mínimamente a los que se abrazaban despreocupados al lado del tronco. Sopló
hacia el contenedor hambriento cuyo conductor se vio forzado a cambiar de rumbo
para no terminar con los ojos llenos de polvo que se levantó en el aire.
La lectora se acercó al árbol de copa rojiza y se
agachó para recoger las dos hojas enamoradas. Abrió su libro en el “Otoño”, de
Ida Vitale, y colocó cuidadosamente a ambas entre las páginas contiguas.
Me atrevo a pensar que el amor entre estos dos aún
durará mucho tiempo.
El libro es de mi profesora de literatura y las hojas,
desde hace años, se aman en el eterno otoño literario.
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