domingo, 2 de mayo de 2021

Dos hojas

En un barrio cualquiera de una ciudad que pocos conocen, nacieron en un árbol dos pequeñas hojas, cada una en su rama. Circundadas por una intensa fronda, nadie sospecharía que podrían percatarse de su mutua existencia. Y, sin embargo, como pasa con frecuencia, tenía que darse y ya se ocupó de ello una importante parte de su universo.

No les tengo que explicar, supongo, cómo fue posible, porque seguramente ustedes más de una vez vivieron o escucharon hablar de ciertos hechos que ocurrieron a pesar de que la posibilidad de que sucediesen rozaba casi lo improbable.

Pues les digo que se encuentran de nuevo ante uno de estos asombrosos acontecimientos.

Se vieron.

Tal vez para un observador común serían dos simples hojitas. No obstante, estas dos proclamaban una atracción inigualable la una por la otra. Esperaban ansiosamente los días en los que el viento soplaba con vehemencia para poder acercar sus ramas, tocarse por unos instantes y satisfacer su creciente deseo.

Esos encuentros tan encantadores con el tiempo se convirtieron en angustia e insatisfacción.

El mismo viento veía cómo los verdes enamorados perdían su brillo y cómo cada despedida los desalentaba con mayor fuerza.

Pronto el sol dejó de irradiar y la corona del árbol se tornó pelirroja.

El viento volvió a visitar las ramas y con varios soplidos agitó las hojas bruscamente. Los amantes del árbol se dejaron llevar por la ráfaga y cayeron al suelo. Con un soplo más el viento colocó las hojas una al lado de la otra. ¡Por fin se unieron!

¿Y cuánto durará su felicidad?, pensó el viento observando cómo de lejos se acercaban las amenazantes ruedas del contenedor que engullía todo lo que encontraba en las aceras.

Por suerte, existen historias de amor que nos gusta escuchar, ¿verdad?

De la otra punta de la calle venía una joven mujer llevando en la mano un poemario.

Vamos a decir que el viento ha tenido en este relato un protagonismo no menor al de los amantes.

En fin, no paraba de lograr sus objetivos soplando. ¡Cómo no!

Sopló una vez más, en esta ocasión sin siquiera acercarse mínimamente a los que se abrazaban despreocupados al lado del tronco. Sopló hacia el contenedor hambriento cuyo conductor se vio forzado a cambiar de rumbo para no terminar con los ojos llenos de polvo que se levantó en el aire.

La lectora se acercó al árbol de copa rojiza y se agachó para recoger las dos hojas enamoradas. Abrió su libro en el “Otoño”, de Ida Vitale, y colocó cuidadosamente a ambas entre las páginas contiguas.

Me atrevo a pensar que el amor entre estos dos aún durará mucho tiempo.

El libro es de mi profesora de literatura y las hojas, desde hace años, se aman en el eterno otoño literario.

 


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