Corría entre los arbustos llevando un arco hecho con
sus propias manos. Se paró delante de un árbol enfrentándose en su imaginación
a una bestia. Tensó la cuerda y disparó la flecha. La punta se hincó en el
pecho del enemigo.
Cuando las primeras estrellas contemplaban el océano,
el niño, agotado por el combate, se durmió junto al Drago.
De su corteza fluyó savia roja. Mientras las olas
mecían perezosamente las barcas en el puerto, el pequeño guerrero soñaba con
miles de soldados de arcilla en una alfombra roja, sobre cuyas cabezas
brillaban cinco estrellas.
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