-¿Por
qué tanto juicio inmerecido? Ni siquiera soy de los hematófagos. Su aspecto no
le ayuda nada, señor chiroptera.
-¿Cómo va a juzgarme por eso? Se le olvida que gracias
a mí el bosque creció como nunca. Usted, señor vulpino, no es que sea un santo.
Antaño a sus ancestros los llamaban demonios y permítame que le diga, que en
más de una ocasión usted y sus secuaces no es que fuesen los ciudadanos más ejemplares.
Astutos llaman a algunos de sus compañeros. ¿Me confundo? Además, los canguros
se quejan de que no hay manera de convivir con sus familiares por allí en
Australia. Que son unos consumidores compulsivos, indelicados, abusadores e
irrespetuosos.
-A ver, a ver. No me dirá que es lo único que se sabe
de mi especie. Y yo me pregunto, de los lugares donde nos aniquilaron o donde
ya pocos quedamos, ¿se sabe algo, eh? ¿Y nuestro trabajo no cuenta? ¿No
colaboramos acaso en los campos, digo yo? ¿Cuánta fruta se salvó gracias a
nosotros?
-Ah, ¿ha visto lo molesto que es cuando a uno se le
juzga sin tener en cuenta lo que hace bien? Como ve, no somos tan diferentes,
señor vulpino. Me habla de sus méritos en la agricultura. ¿Y los nuestros? Tal
vez tengamos otras maneras de trabajar, pero no me dirá que nuestra labor no es
igualmente valiosa. Me refiero a la fertilización, claro. Cada uno a lo suyo.
¿Y la fruta tropical? ¿No sabe que polinizamos también? Venga ya, no nos menosprecie.
¿Y los dichosos mosquitos? Yo diría que se nos da de diez liquidarlos.
-Mire, no estoy seguro de nada en este momento. Déjeme
pensarlo.
-Aquí hay terreno de sobra para ambos, no se haga
rogar, vulpino. Seguro que podremos convivir en buenas condiciones.
-Lo dicho, dicho está. Me lo pienso y ya le aviso.
-No le insisto más entonces. Pero no se quede con
todos estos rumores que se escuchan por ahí. Infórmese mejor, se lo pido antes
de contestarme.
-Me informaré. Le doy mi palabra y la mía vale, le
aseguro. Hace falta que confiemos los dos.
-De acuerdo, estaré esperando su decisión.
-Que esté bien, chiroptera.
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