La polilla entró en un amplio espacio medio vacío.
Aleteó golpeándose contra las paredes. Caóticamente buscaba alguna escapatoria
intentando averiguar de dónde venía aquella seductora luz. Estaba segura de que
ahí se encontraba su liberación.
Dos manos abrieron la ventana de par en par. En los
alrededores, la noche veraniega esparcía sus olores por la pradera.
La polilla voló indecisa desde un rincón y se acercó
hasta el alféizar. Estaba a punto de volver a encontrarse con su guía
ancestral, la luna, cuando de repente se dio media vuelta y voló directo hacia
la bombilla que le quemó las alas.
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