El violín tocaba un vals armonioso y tranquilizante
mientras la señora posada en el banco roncaba honda y ferozmente, el niño pedía
biberón a chillidos y el perro ladraba amenazando al gato de entre los
arbustos.
No pude quedarme indiferente a los sonidos
yuxtapuestos, pero me había prometido que dedicaría aquella mañana al deleite
de la música.
Respiré profundo y empecé a escuchar de nuevo toda una
orquesta de instrumentos de lo más insólitos que pudieran alcanzar mis oídos.
Creo que debí haber entrado en alguna especie de trance
combinado con ataque de histeria porque cuando recuperé la conciencia me vi de
rodillas hablando a una manguera que realizaba sus tareas de riego suplicándole:
¡No desafines, por favor, no desafines!
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