Con cada trozo de farinata masticaba los recuerdos del
Mar de Liguria. Los vientos de allá eran diferentes, el agua se acercaba de
otro modo, la naturaleza acariciaba los pueblos de otra manera.
Despedazaba mi porción de torta alzando la cabeza para
observar el cielo mendocino.
El cielo sí me parecía el mismo. Como el de las ilustraciones
que dibujaba mi primo Enzo para el cuento “El pastor que nunca crecía”. Aquel
cielo nos acompañaba cuando el barco zarpó de Génova. El mismo cielo se nos
presentó junto con la cordillera el día de nuestra llegada.
Con el tiempo me encariñé con mi nueva casa. Sólo mi
madre lloraba a veces cuando horneaba la farinata. La de mi abuela sabía tan
rica cuando almorzábamos todos juntos, y todos es una palabra demasiado pequeña
para con aquellos placenteramente ruidosos amontonamientos de familiares. Después
no estaba ni la abuela ni la farinata de la abuela y toda nuestra familia
también se encontraba bien lejos. Cuando miraba la foto de mis primos, volvía a
murmurar “Ninna Nanna Ninna Oh” y mientras murmuraba, pensaba en Enzo: “¿Dónde
estará ahora? ¿Dónde se quedó nuestro pacto de compartir los sueños? ¿Se están
cumpliendo los suyos? ¿Algún día le podré hablar de lo que pasó con los míos?
¿Llegaremos a compartir alguno?”
Por las noches, cuando el río veía que me faltaba el
mar, caía de la montaña discreto, pero más generoso de lo habitual y me cantaba
la misma nana para apaciguarme. Y yo le respondía: “Sigue corriendo hasta el
Mar de Liguria y dile a Enzo que un día quiero volver a leerle mientras esté dibujando
a la bella Bargaglina”.
Me encanta lo que escribes y como lo escribes!! Precioso!
ResponderEliminarAbrazos de una admiradora
¡Mil gracias por tus bonitas palabras, querida Manuela!
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