Cada mañana, antes de las matadoras horas en el
colegio, metía los dedos en los posos del café de la madre y desparramándolos
por el mantel de nylon liberaba criaturas de su imaginación. En la clase de
ciencias sociales sacaba hojas del cuaderno y con un chicle, un cordón, un
trozo de la bolsa del bocadillo y pepitas de la manzana, creaba edificaciones
debajo del pupitre esperando la hora del recreo. Volviendo a casa paraba donde
el kiosquero, abasteciéndose de cajas de cartón, viejas revistas, folletos y
embalajes de plástico. En casa encontraba aún flores marchitas, a veces algún
vaso roto o trozos de tela del taller de costura de su mamá y hasta la noche se
entretenía inventando todo tipo de maravillas y motivos para regalarlas a sus
familiares.
Ayer subió al desván porque su madre necesitaba la
escalera. En un rincón estaba su primer caballete, el que el abuelo hizo
después de la fracasada selectividad de su nieto. Bajó, apoyó la escalera y
sonrió a sí mismo pensando en sus cuadros colgados en la galería de la calle
Bobrowiecka.
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