Se asomó por la ventana. Un aroma primaveral y los
rayos del sol se esparcieron por su casa. Sacó las zapatillas de satén y salió
apresurada, dejando la puerta entreabierta. Se sentó en la orilla y sumergió
los pies en el lago.
Cinco de mayo. Un tordo posaba en la rama del saúco.
Hace cinco décadas, en el día de su décimo cumpleaños,
jugaba en el mismo prado. En la misma rama cantaba otro tordo. Al lado, una
bella dama, con las zapatillas de ballet en la mano, paseaba rozando las aneas.
La niña, menudita y de pelo color fuego, se le acercó curiosa.
-¿Qué llevas ahí? –preguntó la pequeña.
- Dos brisas que de noche se escapan para bailar sobre
las ciudades y de día vuelven para bailar conmigo -respondió la bailarina-
Se fue la bella dama.
El tordo volaba junto con los espíritus de sus
antepasados.
Y la mujer de cabello bermejo, meneando rítmicamente
los pies en el agua, recordaba su baile en “La Bayadera”, mientras las gotas de
la lluvia mojaban sus zapatillas y bailando con el aire, se zambullían en el
lago.
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