El hombre al que vi moría a pedazos de una visible causa de muerte
común a muchos de sus contemporáneos en todo el mundo.
Murió por primera vez cuando el día de su sexagésimo cumpleaños,
su jefe, glorificando pomposamente sus logros de antaño con el objetivo de
disimular las prisas e indiferencia, restregó su aturdido rostro con la carta
de despido.
Murió al cabo de algún tiempo durante una agónica espera a que
alguien, fuera quien fuera, solicitara su ayuda, le pidiera un consejo, rogara
por su compañía.
Murió unos años después cuando murieron sus peces y las dosis de
su jubilación gestionadas por terceros no daban para volver a llenar el acuario
de colores y de vida.
Murió otra vez cuando la enfermedad le impedía valerse por sí
mismo para ponerse los calzoncillos y los rescatadores que ponían las manos en
sus intimidadas piernas, lo sermoneaban de igual forma en que los adultos
cansados le hablan a un crío que ya es demasiado grande para orinarse encima.
Murió de nuevo cuando un día su piso dejó de llamarse su piso y se
convirtió en el local de la familia Martínez.
Y murió cuando perdió la cuenta de los días que pasaron desde la
última visita de algún familiar suyo.
Lo vi. Solo. Hablando con los gorriones en el patio de la
residencia. Con sus manos temblorosas les echaba migas que sacaba de la bolsa
preparada para intentar captar la atención de algún ser vivo que pudiera
penetrar los muros de aquel edificio. Se le acercaban hambrientos. Les hablaba
aprovechando que el pan ablandaba su desconfianza y la presencia de los
pequeños pájaros le reanimaba por unos instantes. Volvería a la vida una vez
más, si sólo algo o alguien le permitiese encontrar amor en su mundo.
Hermoso, real y muy triste...
ResponderEliminarDesgraciadamente se vive con demasiada frecuencia en este mundo en el que vivimos.
Muy triste, sí. Y pasa tan a menudo... :(
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