miércoles, 12 de mayo de 2021

Benditos gorriones

El hombre al que vi moría a pedazos de una visible causa de muerte común a muchos de sus contemporáneos en todo el mundo.

Murió por primera vez cuando el día de su sexagésimo cumpleaños, su jefe, glorificando pomposamente sus logros de antaño con el objetivo de disimular las prisas e indiferencia, restregó su aturdido rostro con la carta de despido.

Murió al cabo de algún tiempo durante una agónica espera a que alguien, fuera quien fuera, solicitara su ayuda, le pidiera un consejo, rogara por su compañía.

Murió unos años después cuando murieron sus peces y las dosis de su jubilación gestionadas por terceros no daban para volver a llenar el acuario de colores y de vida.

Murió otra vez cuando la enfermedad le impedía valerse por sí mismo para ponerse los calzoncillos y los rescatadores que ponían las manos en sus intimidadas piernas, lo sermoneaban de igual forma en que los adultos cansados le hablan a un crío que ya es demasiado grande para orinarse encima.

Murió de nuevo cuando un día su piso dejó de llamarse su piso y se convirtió en el local de la familia Martínez.

Y murió cuando perdió la cuenta de los días que pasaron desde la última visita de algún familiar suyo.

Lo vi. Solo. Hablando con los gorriones en el patio de la residencia. Con sus manos temblorosas les echaba migas que sacaba de la bolsa preparada para intentar captar la atención de algún ser vivo que pudiera penetrar los muros de aquel edificio. Se le acercaban hambrientos. Les hablaba aprovechando que el pan ablandaba su desconfianza y la presencia de los pequeños pájaros le reanimaba por unos instantes. Volvería a la vida una vez más, si sólo algo o alguien le permitiese encontrar amor en su mundo.

 


 


2 comentarios:

  1. Hermoso, real y muy triste...
    Desgraciadamente se vive con demasiada frecuencia en este mundo en el que vivimos.

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