Deliciosa.
Deliciosa tarde. La sentí deliciosa. Intensamente deliciosa. Esa tarta,
enfrente de mí, esa tarta aquella tarde era la condensación de sensaciones, recuerdos
y deseo de capturar todo lo bueno que una tarta podría significar e
inyectármelo, para provocar un bienestar desorbitado sin llegar a una
sobredosis.
La tarta, con su forma, su olor y con cada uno de sus
ingredientes, se metía entre mis lóbulos, avivando las imágenes almacenadas en
los abrazos de mis neuronas.
¡No la toquen por un momento más!, rogué sabiendo que,
si pido más paciencia a mis invitados, la tarta pronto se convertirá en una desagradablemente
visible muestra de poder del calor sobre la nata.
Con desgana, entregué el paradisíaco postre a los asistentes,
quedándome con un trozo mayúsculo que me permitió prolongar el estado de
euforia hasta la medianoche.
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