domingo, 30 de mayo de 2021

La negra

La pequeña negra acababa de nacer. Dio su primer brinco y después otro y otro y así, brincando, se fue a su primer paseo.

Se paró en el alféizar de la casa del viejo Rubí, que últimamente no andaba al ritmo habitual. Su amigo, con el que de pequeño hacía guerras con balas de moras y con el que después siguió guerreando en el hospital donde trabajaban juntos, se mudó recientemente a ese lugar donde dejaría de pelear para siempre por los asuntos terrenales.

Así pues, estaba don Rubí, sentado en la butaca, rechazando todo tipo de visitas excepto las de las moscas que al topar con sus palmas recibían azotes. Eran los únicos momentos de cierto desahogo y entretenimiento para Rubí desde aquella fatídica mudanza de su compañero de batallas.

La negra saltó al mueble donde vio un reloj de madera. Se fijó en sus agujas. Inertes, colgando en las seis y media parecían imitar el estado de ánimo del castigador de insectos. La pequeña nota empezó a empujar con su palo las cabecitas de las agujas hasta que comenzaron a chirriar y a moverse perezosas.

Rubí abandonó su tarea de perseguir a sus visitantes alados y prestó oídos al novedoso ruido para averiguar de dónde venía.

¡Ajá!¡El reloj de la tía Cornalina!, exclamó avivado.

Cornalina era una especie de tía bruja que hechizaba todo y a todos y lo hacía siempre que aparecía, sin excepción alguna. Convertía a las personas en seres deseosos de vivir la cotidianeidad como un gran festejo. En invierno Rubí y los demás pasaban horas y horas acompañados de Cornalina y su reloj. La imaginación de la tía y el alegre tictac les hacía mover los cuerpos y las neuronas.

-No me vengas con tonterías, Rubí. No te me vas a rascar la barriga ahora. Te dejo el reloj. Ese tictac lo quiero oír esté donde esté. Y a ti te quiero ver meneando, hazme el favor -dijo un día con un tono de ruego y exigencia o tal vez simplemente, de amor.

-Y vosotras, ¿qué? -se dirigió Rubí a las manecillas, dándole cuerda al reloj.

Los corazones de ambos volvieron a palpitar aceleradamente.

Instantes después Zafiro abrió la ventana y se sentó al piano.

La negra voló hacia él y le susurró al oído la historia de Rubí.

El músico colocó cuidadosamente a la negra en el pentagrama, junto a otras negras, blancas, corcheas y semicorcheas y empezó a tocar una bella melodía, a ratos triste a ratos alegre, pero sin duda emocionante.

 

 

 


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