Un día el caracol decidió emprender un viaje hacia el
fascinante reino del otro lado del río. Deseaba verlo, ya que había escuchado
muchas cosas extraordinarias sobre aquel lugar. No tenía bien claro cómo llegar
ahí, así que fue a hablar con sus amigos forestales.
¿A ver si el búho puede echarme una mano?, pensó.
Arrastrándose llegó hasta el roble, donde el búho
roncaba placenteramente después de una noche laboriosa.
-Querido búho -gritó el caracol-, perdón por esta
visita matutina, pero necesito tu ayuda.
-Cuéntame amigo -respondió refregando con las alas sus
aún adormilados ojos.
-Quisiera llegar al otro lado del río. ¿Cómo hacerlo?
-
-Me parece que lo más fácil sería sobrevolarlo. Ve
hacia el sauce que está en la orilla. Por ahí encontrarás el camino.
-Claro, claro… el problema es que no tengo alas…
-¡Cierto, no había caído! –respondió preocupado-. Pues
la verdad es que no se me ocurre otra cosa. ¿Y si preguntas a la liebre?
El caracol, lento pero persistente, después de un rato
llegó a la madriguera. A la liebre le gustaba estar en forma, así que justo
estaba dando saltos entre las parcelas.
-Hola -dijo el caracol.
-¡Ey! ¡Qué buena sorpresa! ¿Qué te trae por aquí?
-Pues mira, quiero ir al otro lado del río, pero no se
me ocurre cómo.
-Ah, bien, bien. Tranquilo, es fácil: coge carrerilla
y salta. Ya está, ¿ves?-
-Ya… Lo que pasa es que no tengo patas…-suspiró.
-Corchos, cierto, pues la verdad es que no se me
ocurre otra cosa. Oye, ¿y la marmota no sabría cómo ayudarte?
-Puede ser…-respondió el pequeño animal y de nuevo se
puso en camino.
Al cabo de unos instantes se encontraba en la orilla
donde la marmota estaba entretenida entre los troncos y una balsa por terminar.
-¡Buenas, marmota! -exclamó el caracol.
-¡¿Pero por qué gritas de este modo?! ¿Qué pasa?
-Lo siento, amigo, no pretendía asustarte. Es que
quiero llegar al otro lado del río. ¿Me darías alguna pista de cómo hacerlo?
-A ver, salta al agua, ayúdate un poco con la cola y
las patas y en un abrir y cerrar de ojos llegarás a tu destino-
-Pero, marmota, no tengo cola, tampoco tengo patas. Me
parece que de este modo no podrá ser.
-¡Mecachis! Pues no tengo ni idea. Se me ocurre que
tal vez la lombriz sabría aconsejarte.
El caracol no pensaba rendirse. Alguna manera habría,
solo tenía que encontrarla, así que prosiguió caminando.
-¡Buenas tardes! Una pregunta: estoy yendo al otro
lado de la orilla. ¿Alguna idea de cómo puedo hacerlo? -se dirigió a la
lombriz.
-¡Claro! -dijo su amiga-. Busca un poco de tierra ablandada.
Perfora un agujero y sigue moviéndote por el túnel debajo del agua hasta el
otro lado.
-¡Qué va! Con mis tentáculos no podré perforar nada…
Un poco cansado, pero sin perder la esperanza, se
quedó pensando.
El sol estaba por acostarse lanzando los últimos rayos
hacia el río. Uno de ellos rozó con su luz una espadaña, la cual con su punta
tocaba las hojas de un nenúfar que posaba en el río. Una rama del sauce que
crecía en la otra orilla alcanzaba las hojas de la flor. El caracol siguió con
la mirada el rayo, se acercó a la espadaña, a través de ella se deslizó hacia
el nenúfar y de ahí subió a la rama del árbol.
Todos sus compañeros estaban a punto de despertarse.
El búho acaba de volver de las hazañas nocturnas. Y el caracol, por primera vez
en la vida, pudo contemplar una maravilla de paisaje que desconocía hacía
apenas unas horas.