jueves, 29 de abril de 2021

A su manera

Un día el caracol decidió emprender un viaje hacia el fascinante reino del otro lado del río. Deseaba verlo, ya que había escuchado muchas cosas extraordinarias sobre aquel lugar. No tenía bien claro cómo llegar ahí, así que fue a hablar con sus amigos forestales.

¿A ver si el búho puede echarme una mano?, pensó.

Arrastrándose llegó hasta el roble, donde el búho roncaba placenteramente después de una noche laboriosa.

-Querido búho -gritó el caracol-, perdón por esta visita matutina, pero necesito tu ayuda.

-Cuéntame amigo -respondió refregando con las alas sus aún adormilados ojos.

-Quisiera llegar al otro lado del río. ¿Cómo hacerlo? -

-Me parece que lo más fácil sería sobrevolarlo. Ve hacia el sauce que está en la orilla. Por ahí encontrarás el camino.

-Claro, claro… el problema es que no tengo alas…

-¡Cierto, no había caído! –respondió preocupado-. Pues la verdad es que no se me ocurre otra cosa. ¿Y si preguntas a la liebre?

El caracol, lento pero persistente, después de un rato llegó a la madriguera. A la liebre le gustaba estar en forma, así que justo estaba dando saltos entre las parcelas.

-Hola -dijo el caracol.

-¡Ey! ¡Qué buena sorpresa! ¿Qué te trae por aquí?

-Pues mira, quiero ir al otro lado del río, pero no se me ocurre cómo.

-Ah, bien, bien. Tranquilo, es fácil: coge carrerilla y salta. Ya está, ¿ves?-

-Ya… Lo que pasa es que no tengo patas…-suspiró.

-Corchos, cierto, pues la verdad es que no se me ocurre otra cosa. Oye, ¿y la marmota no sabría cómo ayudarte?

-Puede ser…-respondió el pequeño animal y de nuevo se puso en camino.

Al cabo de unos instantes se encontraba en la orilla donde la marmota estaba entretenida entre los troncos y una balsa por terminar.

-¡Buenas, marmota! -exclamó el caracol.

-¡¿Pero por qué gritas de este modo?! ¿Qué pasa?

-Lo siento, amigo, no pretendía asustarte. Es que quiero llegar al otro lado del río. ¿Me darías alguna pista de cómo hacerlo?

-A ver, salta al agua, ayúdate un poco con la cola y las patas y en un abrir y cerrar de ojos llegarás a tu destino-

-Pero, marmota, no tengo cola, tampoco tengo patas. Me parece que de este modo no podrá ser.

-¡Mecachis! Pues no tengo ni idea. Se me ocurre que tal vez la lombriz sabría aconsejarte.

El caracol no pensaba rendirse. Alguna manera habría, solo tenía que encontrarla, así que prosiguió caminando.

-¡Buenas tardes! Una pregunta: estoy yendo al otro lado de la orilla. ¿Alguna idea de cómo puedo hacerlo? -se dirigió a la lombriz.

-¡Claro! -dijo su amiga-. Busca un poco de tierra ablandada. Perfora un agujero y sigue moviéndote por el túnel debajo del agua hasta el otro lado.

-¡Qué va! Con mis tentáculos no podré perforar nada…

Un poco cansado, pero sin perder la esperanza, se quedó pensando.

El sol estaba por acostarse lanzando los últimos rayos hacia el río. Uno de ellos rozó con su luz una espadaña, la cual con su punta tocaba las hojas de un nenúfar que posaba en el río. Una rama del sauce que crecía en la otra orilla alcanzaba las hojas de la flor. El caracol siguió con la mirada el rayo, se acercó a la espadaña, a través de ella se deslizó hacia el nenúfar y de ahí subió a la rama del árbol.

Todos sus compañeros estaban a punto de despertarse. El búho acaba de volver de las hazañas nocturnas. Y el caracol, por primera vez en la vida, pudo contemplar una maravilla de paisaje que desconocía hacía apenas unas horas.

 

 

miércoles, 28 de abril de 2021

Recuerdos de una ausencia

Una tarde cualquiera dejaste en la mesa del salón las entradas para el concierto del mes siguiente. Tu agenda, como un gato complacido, se hizo un lugar en mi sofá, pero sus hojas blancas dejaron de ronronear después de tu última visita.

En el cajón de la cocina aún estaba la copia de tu llave, ingenuamente dispuesta a socorrerte, por si se te perdía el original.

Por fin a la sopa de verdura podía echar apio que tanto odiabas cuando llegabas de improviso a la hora de comer. Pero el apio sin tu compañía me quitaba el hambre y me hacía llorar descontroladamente. En la nevera seguía esperándote un trozo de tarta de queso con whisky y chocolate.

Ni siquiera él podía entender que ya no volverían los dulces momentos de nuestra amistad.

Cada vez que pasaba por la carretera con la señal hacia La Carolina maldecía de dolor pensando en el día en que elegimos ese nombre para tu confirmación. Durante el aniversario de nuestra graduación nos sonreías desde la foto, con tu eterna compañera balalaica, que al igual que tú desapareció sin previo aviso.

Y yo, contagiando de nostalgia la ciudad, que durante varios lustros era nuestra, me preguntaba por dónde peregrinarías.


 


martes, 27 de abril de 2021

Crecer o no crecer, esa es la cuestión

Después del colegio, como cada día a la misma hora, corrió hacia el parque donde le esperaba su viejo amigo. Ahí estaba, con un tablero que habían hecho el día anterior y con unas piedrecitas que iban a pintar para jugar al go.

-¡Mira qué tengo aquí! –exclamó su compañero de juegos mostrando dos frascos de témpera.

-¡Lo has traído! ¡Gracias! ¡Pintemos las fichas! -dijo el pequeño.

No tardaron en pintar todas las piezas y solo quedaba esperar a que se secaran para entrar en acción. Terminada la tarea, el muchacho sintió hambre. El amigo mayor, muy previsor, sacó de su bolsa dos bocadillos.

-Gracias Ángel, está muy rico -dijo el niño.

-¿Recuerdas cuando papá se portó mal con mi perro? También vinimos aquí. Nos diste tortilla que te sale tan rica. Morucho se zampó un gran cacho, se durmió en tus zapatos y ese día se mudó a tu casa. Yo no estaba triste ya que lo cuidabas muy bien y él empezó a mover la cola otra vez. Siempre me lo traes al parque para jugar. Las tardes son muy divertidas contigo. Me gusta acordarme de todo lo que hacemos juntos, sobre todo cuando gritan en casa. Cuando no paran de discutir recuerdo nuestros juegos en el parque. Y pienso que quiero crecer y quiero vivir en una casa donde no esté triste a cada rato. Pero cuando yo sea grande, ¿dónde va a estar Ángel? me pregunto, ¿sabes? Y entonces pienso que a lo mejor ya no estás y me da miedo. Y cuando empiezo a sentir miedo, prefiero no ser adulto.

-Huguito, ahora estamos juntos y eso es muy bonito. Ahora aprendemos, jugamos y nos reímos. Cuando crezcas, por favor, acércate a los niños, si los ves tristes. Haz que aprendan sobre el mundo y que sonrían, aunque sea un poco. Y una cosa más: fíjate en el tablero. ¿Ves lo que acabo de hacer? He aprisionado una ficha. Cuando juguemos, siempre lucha para que no te aprisione. Y haz lo mismo en la vida. No permitas que nadie te quite la libertad -dijo Ángel y abrazó muy fuerte al chico.

-Aquí construiremos un lugar para los niños. Para que aprendan y sonrían. Y se llamará Ángel, en honor a ti, amigo mío -dijo Hugo mirando el plano de una gran parcela recién adquirida con un tablero de go esbozado en la fachada.


lunes, 26 de abril de 2021

El mando

Así son las cosas, unos se van y vienen otros. A la hucha le ayudé yo. No hubo remedio, aquel invierno decidió por mí. Cada uno con sus placeres: los estadounidenses con su victoria y yo con mi mando a distancia. En esas temperaturas tan bajas ningún dedo tenía ganas de asomarse desde debajo de la manta.

Aguanté las noticias, tendenciosamente dramáticas y terroríficas, una larga e ininterrumpida cinta de anuncios semejante a un largometraje, un capítulo de una telenovela mexicana y después otro interminable desfile de sugerencias de productos aparentemente indispensables, maravillosamente atractivos y sorprendentemente accesibles a cualquier bolsillo. Pero cuando un programa sobre curiosidades culinarias mostrando el Kopi Luwak me hizo imaginar a la civeta expulsando los granos de café, mi paciencia llegó al zenit.

Hice pedazos al pobre chancho de porcelana y salí a gastar mis ahorros.

No tardé en volver, me metí nuevamente debajo de la manta y sonreí triunfalmente. Si en Lake Placid este año mandan los americanos, ¡aquí mando yo y mi mando!


 


domingo, 25 de abril de 2021

Por su culpa

Se metió mal. Lo notaba, pero había que seguir. Llave, motor, M30, semáforo, llegó. En cinco minutos tenía programada una junta con la persona cuya presencia en la última semana la absorbía de una manera firme e inquietante. El pasillo se llenó de potenciales espectadores, no había cómo salvarse de la desesperante incomodidad.

-Ficcardi, maldita tu inventiva -se quejó silenciosamente.

A cualquier persona en su lugar se le alteraría su manera de caminar. Vio en su imaginación una selva de fundoshi que crecía hacia todas partes y obstruía su juicio. Un ligero desvío, unos pocos segundos y la mano derecha venciendo el hilo, cambiaron favorablemente el rumbo de aquella reunión.

 


 


sábado, 24 de abril de 2021

Hacia Brisbane

Mientras viajaba de Adelaida a Brisbane, iba recopilando imágenes para su próximo trabajo.

A las diez en punto de la noche llegó a la gasolinera donde pensaba rescatar el móvil de su inminente pérdida total de energía. Un cargador para automóviles lo solucionaría todo.

Y sin embargo no pudo ser.

Eran las diez, explicaba el empleado de la estación de servicio, y a las diez cerraban. Obviamente, si cerraban, no había manera de atenderlo, bajo ningún concepto. Aunque no pudiera contactar con nadie sin su teléfono. No, no, aun así, era imposible, el gasolinero lo sentía mucho. ¿Y si se quedaba sin GPS? Tampoco en este caso. Las reglas eran las reglas y el horario había que respetarlo. Con razón decía su padre que era útil saber leer los mapas. Y, sobre todo, tener uno en el coche. No había mapa, no había móvil, así que tocaba esperar hasta la madrugada en compañía de los surtidores para poder reanudar el viaje.

Cuando el amanecer, con timidez, empezaba a asomarse por el horizonte, el trasnochador escuchó un rumor que venía de un camino cercano.

Una mujer pasó en bicicleta delante de su coche esparciendo un olor a pan recién hecho. Las delicias horneadas eran para los campesinos. Éstos, a cambio, compartían con ella sus frutas.

Ese trueque intervecinal duraba ya años y a todos les resultaba gratificante.

 Por un momento el viajero se sintió intensamente hambriento, pero la panadera parecía tener la capacidad de localizar los estómagos vacíos, porque no tardó en volver. Bajó de su vehículo y le ofreció panecillos de su cesta. Saciado, le estrechó cálidamente la mano y se despidieron. Después del sorpresivo desayuno llenó el tanque, compró el cargador y continuó su derrotero.

Tras varias horas y unas breves paradas llegó a Dubbo. Ahí paró para reponer las provisiones, cargar nuevamente la gasolina y descansar un poco.

Entró en una tienda y al mirar a la dependienta, pensó que hacía tiempo que nadie le atendía con tanta maestría de indiferencia rozando la antipatía. Se preguntaba si con tal amabilidad siempre trataba a sus clientes o quizá su trabajo ya profundamente indeseado la transformaba en un ser casi detestable.

A la mañana siguiente retomó el viaje. Mientras conducía observaba el paisaje y los carteles que adornaban la carretera. Escuela de estilistas de alimentos. Pensó en el bollo de la panadera. No le faltaba ningún detalle, nada que disimular, nada que perfeccionar.

Benditos los bollos madrugadores, dijo para sus adentros.

Unas horas más tarde entró en Toowoomba.

Bajó del coche y caminó por la ciudad observando cómo los parques, las calles, las plazas y los jardines se transformaban para La Fiesta de la Flor. Los jardineros parecían estar hechizando el Queens Park. Estaba embelesado por su trabajo. De repente, recordó las palabras que había leído una vez: “Trabajar con amor es construir una casa con cariño, como si vuestro ser amado fuera a habitar en esa casa”.

Miró a los jardineros, saludó en sus recuerdos a la panadera y apretó con fuerza y afecto su cámara pensando en que solo algunos encuentran en su trabajo una parte importante de sí mismos.

Volvió a su furgoneta, le guiñó un ojo al objetivo colocando cuidadosamente el trípode en el asiento trasero y escuchando a Julie Anthony, retomó el camino hacia su destino.


viernes, 23 de abril de 2021

Un cuento por un ladrillo

Nadie sabía de dónde venía aquel señor. El día en que llegó, en la antigua entrada del pueblo apareció un arco de lapislázuli.

Cada atardecer el desconocido aparecía en el claro aldeano y esperaba a que se le acercase alguno de los vecinos para contarle un cuento. Muy pronto todos los habitantes supieron que el anciano ofrecía cuentos a cualquiera que se lo pidiese. Y que a cambio del cuento pedía un ladrillo.

-¡Qué insólito! –decían.

Pero los cuentos tenían algo de magia.

Cada uno era como una historia inventada especialmente para la persona que lo solicitaba. Así que, sin indagar más en el motivo de aquel peculiar requerimiento, llevaban ladrillos y volvían a sus casas con una bella historia contada a medida.

Al cabo de algún tiempo, todos poseían su relato.

Al día siguiente, después de haber regalado el último, los niños vieron al generoso cuentacuentos caminando por un sendero que conducía hacia el arco. Lo siguieron, curiosos, pero al llegar vieron que no había nadie en el prado. En vez del cuentista encontraron los ladrillos que había recibido. Junto con ellos había hojas de papel en blanco.

Los niños se miraron asombrados.

De repente escucharon un murmullo. Alzaron la vista y vieron un enjambre de luciérnagas en forma de una rosa de los vientos alejándose del pueblo. Sintieron un cosquilleo y notaron como los tallos de la hierba se movían enérgicamente y las hojas blancas se llenaron de letras. Eran relatos nuevos, un último obsequio del misterioso visitante.

Los habitantes pusieron las manos a la obra y en poco tiempo construyeron con los ladrillos una biblioteca.

En ella, hasta el día de hoy, están los cuentos de aquella inusual despedida.

He oído que maravillosas cosas siguen ocurriendo a las personas que los leen, como si tuviesen el poder de despertar las almas adormiladas de sus lectores.


jueves, 22 de abril de 2021

Verde por la ciudad

 

Aquel día la fuerte lluvia y tus lágrimas casi despertaron del sueño hibernal a las fuentes en la ciudad. Se sentó a tu lado y sacó un ovillo.

Qué tontería tejer afuera en un día tan feo, pensaste.

Hizo una bufanda de color oliva.

Cuando pasen las tormentas, hará un bonito juego con tus ojos verdes, dijo colocando la lana en tus rodillas.

Tocó tu mejilla y se fue, dejando tras de sí un aroma a aceitunas y la calma, que envolvió las calles cercanas y tus pensamientos.


miércoles, 21 de abril de 2021

Kiribati y el fútbol

Las olas en las gradas levantaban el ánimo en el estadio. El público vitoreaba apasionadamente a los dos equipos que luchaban por apoderarse de la portería de su adversario.

Las olas kiribatianas devoraban el país. Los espectadores observaban aterrados cómo las tierras luchaban por no perderse en la inmensidad del Pacífico. Ambos espectáculos acontecían al mismo tiempo en dos lugares remotamente alejados entre sí.

Las cuentas de los organizadores crecieron considerablemente después de aquel partido.

Tarawa seguía encogiendo.


martes, 20 de abril de 2021

Los faros

 Cinco pétalos del Mar Pacífico. En cada uno de ellos brillaba con fuerza un faro esperando poder trasladarse a su destino.

Después de varios días el primero emprendió su viaje hacia la boca. La piel empezó a percibir el tacto. El segundo se posó sobre la lengua donde enseguida afloraron las papilas gustativas. El tercero se colocó en su nuevo espacio esbozando la nariz. El cuarto se situó provisoriamente entre los arcos branquiales y apenas lo hizo, se escucharon los sonidos. El último fue a los globos oculares y los párpados se abrieron.

A partir de entonces y a lo largo de toda la vida cada uno con su propia luz guía al hombre. Y si alguno no logra llegar al lugar predestinado, delega sus facultades a los otros faros para que ayuden a los seres humanos a experimentar el mundo que les rodea.


lunes, 19 de abril de 2021

El don de los transeúntes

Los leones de Cibeles permanecen inmóviles, de espaldas el uno al otro. Posan majestuosos, aunque impotentes, mirando miles de rostros ajenos sin poder ver el de su amante. Dicen que, si dos transeúntes se obsequian con un gesto bondadoso, los hechizados enamorados pueden por un instante mirarse a los ojos.

Caminando por el Paseo del Prado te abroché el abrigo. Se te había atascado la cremallera y afuera el frío calaba los huesos. Sacaste una piruleta del bolsillo.

-Tengo dos. ¿Quiere usted una? –preguntaste.

Miré de reojo a Atalanta y tuve la sensación de que nos sonreía.


domingo, 18 de abril de 2021

Basura

Cuando se encontraron, su pelo estaba por rozar el suelo. Caminaba agachado, la pesadez de su cabeza no le permitía estar en una postura algo más clásica. Se habituó, por lo tanto, a fijarse en los zapatos de los peatones, a reconocer las calles por los daños en la acera y a observar las sombras de los árboles. Hacía mucho que no miraba las caras de la gente.

Un día primaveral aparecieron delante de él unas zapatillas blancas de cordones azules. Se detuvieron vis-à-vis.

-Disculpa, no pretendo ser impertinente, pero ¿me permitirías sacarte lo que te sobresale de la oreja?

-¿De la oreja dices? No sé a qué te refieres, pero adelante -respondió indiferente.

La caminante de cordones azules tiró de lo sobresaliente y sacó un reproche.

-Vaya, parece que, al tirar de ésta, se ha asomado otra. ¿Podría arrancarla también?

-Y bueno, ya que te has puesto. No me ha resultado desagradable. Diría que, todo lo contrario.

-Bien, ahí voy -dijo la desconocida y tiró de nuevo de lo que sobresalía. Esta vez sacó una crítica injusta.

-¡Ahí va, no me vas a creer! De veras, no pretendo molestar, pero de nuevo se asomó otra. ¿Me permitirías…?

El hombre, sorprendido de poder ver los tobillos de la transeúnte, interrumpió animado.

-Chica, saca cuanto quieras.

Así que la mujer sacó unos cuantos regaños exagerados, varios insultos, unas decenas de humillaciones, unos cuantos malos recuerdos y un puñado de risas malvadas.

El hombre vio dos delgaditas tibias, las rodillas, dos bonitas caderas, un vientre algo redondo, dos bellos pechos, cuello blanco, barbilla, labios, nariz, los ojos verdes de su acompañante y finalmente miró su rostro pecoso y risueño.

-¿Quieres que te ayude a deshacerte de esta basura? –preguntó la de las pecas.

-Te estaría agradecido -contestó el erguido.

Su fragmento del mundo sonrió.


Misión matutina

 

Arremangó la camisa nerviosamente. Por los pasillos se percibían los susurros de los demás. Quedaba media hora.

-Es altamente importante, no se nos puede ir de las manos.

El ruido de los metales, impecables, colocados en fila y listos para usar, se mezclaba con el eco de las nerviosas voces humanas.

Abrió el grifo. El vapor pasaba entre los dedos antes de que las manos se sumergieran en el agua caliente. Sonó el cristal. Llenaron los recipientes con el líquido.

- ¡Corre!

Deprisa dirigió sus pasos hacia la sala principal, con un decidido empujón abrió la puerta, puso la bandeja en la mesa. Suspiró.

Nueve de la mañana.

-¿El café solo o con leche, señores directores? Ahí tienen las cucharillas, sacarina, azúcar blanco, moreno, stevia, xylitol y agave.


El mensajero de la Luna

La Luna observaba a La Tierra. Y vio a la gente discutiendo y alejándose los unos de los otros. Y pidió al océano que se le acercara. El océano levantó sus olas hacia la Luna y la Luna le susurró:

-Llámalo AMOR al lago de Bélgica. Solo con amor el humano podrá adentrarse en su mundo y sentir que forma parte de él

Las olas volvieron a bajar y con su movimiento pronunciaron el nombre del lago. Y el humano las escuchó y llamó al lago de Bélgica AMOR.

La Luna seguía mirando a nuestro planeta. Y vio que los hombres se volvían egocéntricos y egoístas. Y llamó nuevamente al océano. El océano le acercó sus olas y la Luna dijo:

-Dale el nombre de AMISTAD al Embalse de Coahuila y Texas. Una verdadera amistad ennoblece al hombre, lo enriquece, le llena de bondad que él mismo da y que recibe.

Las aguas saladas cantaron el nombre del embalse. Y el humano las escuchó y llamó al Embalse de Coahuila y Texas AMISTAD.

La Luna contemplaba a las criaturas terrenales y se dio cuenta de que el humano dejaba de entenderse a sí mismo y se llenaba de ruidos triviales para ensordecer su alma. Y volvió a llamar las aguas oceánicas. Las olas se le acercaron y La Luna pidió:

-Llámalo SOLO al Río de Indonesia que esta noche se ilumine con el reflejo de la luz solar, para que el humano recuerde que a veces necesita estar solo para poder escucharse y reencontrarse consigo mismo.

El océano repitió el nombre del río. Y el humano lo escuchó y llamó al Río de Indonesia SOLO.

La Luna seguía observando a la Tierra. Y vio que el humano se separaba de la naturaleza y le daba más importancia a lo artificioso que a lo vivo. Llamó al océano y solicitó:

-Al lago de la Antártida llámalo VIDA. La vida es una maravilla y un milagro del universo. Vale más que todas las cosas artificiales juntas. Lo vivo es inestimable, necesita ser cuidado, respetado y apreciado.

Las olas llevaron el nombre del lago a su destino. Y el humano lo escuchó y llamó al lago de Antártida VIDA.

La Luna dio una vuelta alrededor de la Tierra y exclamó hacia el océano:

-El lago de Canadá, que se llame VE A CASA. El humano se enaltece cuando está conectado con su familia, con sus seres queridos, con las personas para las que es único e importante. Y es más íntegro cuando no olvida sus raíces. El humano necesita casa para proteger su cuerpo, su corazón y su espíritu.

Las aguas oceánicas vocalizaron el nombre del lago. Y el humano lo escuchó y llamó al lago de Canadá VE A CASA.

La Luna se quedó pensando y por fin dijo:

-Al bosque de la Isla Tenerife llámalo ESPERANZA. Las lunas y las estrellas sabemos que siempre hay que tener esperanza. Aún no podemos revelar los secretos de las galaxias, pero podemos mandar este mensaje.

El océano susurró el mensaje lunar. Y el humano lo escuchó y llamó al bosque de Tenerife ESPERANZA.

La Luna siguió y de vez en cuando sigue llamando al océano para que aquéllos que escuchen los nombres de los lugares que señala, recuerden las cosas valiosas para la humanidad.


 


sábado, 17 de abril de 2021

Crecer

Nació un viernes. Lo averiguó en un antiguo calendario.

En el 88, cuando todos se empinaron con un grito eufórico ovacionando a Sabatini, el masivo entusiasmo familiar le animó a ponerse de pie por primera vez en la vida.

El día en que pronunció su primera palabra, aún no entendía lo vital que aquella sería para su existencia.

Fue una madrugada en que su madre gritó espantada a las seis y media de la mañana: “Pedro, no hay CAFEEÉ”.

Una emoción tan fuerte no pudo dejarlo indiferente. Ni mamá, ni papá, ni hermanita. “Afé” fueron las primeras letras vocalizadas por esa pequeña criatura.

 Desde el primer viernes de su vida despertó unas dos mil veces hasta que llegó el comienzo de la escolaridad. Cinco días por semana estudiaba cosas sobre el universo. Aprendió el mapa de la Tierra, retenía con gran facilidad los topónimos que empezaban por “Gran” y los gentilicios que terminaban en -asco. Aprendió, erróneamente que, si “yo comprendo”, “tú comprendes” y “él comprende”, cualesquiera deberían comprender, fueran quienes fueran. Y también aprendió dónde estaban las escaleras de emergencia para no topar con el monstruo de profesor de matemáticas.

Después aprendió que hay flautas dulces y otras torturadoras, que los colobos de Kirk viven en la tierra de y ocho minutos bélicos y que la morriña, emigrante de Castelao, también es sentirse hambriento.

Llegando a la mayoría de edad, con sus brazos levantados, casi alcanzaba al dintel. Su estatura aumentaría ya poco y sin embargo aún crecería mucho más.

 

 

 

 


 

 



El albaricoquero

Muy contento de ver el sol primaveral, el albaricoquero inició sus quehaceres. Removió su copa, la adornó de hojas y flores y comenzó a elaborar la fruta.

Después de varios días en las ramas comenzaron a aparecer unos albaricoques redondos, jugosos, apetitosamente pintados de color naranja. Crecieron tantos que no había manera de contarlos.

El árbol, feliz por su labor, esperaba la llegada de aquéllos con los que orgullosamente pudiera compartirlo. Pero los días pasaban y ningún caminante aparecía en el campestre camino.

Entristecido, empezó a sollozar con gran fuerza.

Las pesadas ramas soltaban sus frutas, que tan tristes como su progenitor, caían a la tierra obedientemente.

Casi estaba perdiendo la esperanza cuando un grupo de niños se le aproximó, y enérgicamente, se pusieron a recoger y saborear los albaricoques. No paraban de dar saltos de alegría y de exaltar la calidad de la fruta.

El albarillo sonrió con ellos aliviado y satisfecho y miró de lejos al ciruelo, deseándole que su trabajo también fuese reconocido.

 


Ella

Soñó que hablaba más de ochocientas lenguas. Intentaba avanzar en el camino de tanto en tanto, acompañada por algún compañero de ruta, pero con sus vocablos, a menudo inesperados e inentendibles, terminaba malográndolo. Vagaba por tierras desconocidas arrastrando en sus tobillos almejas de borde dorado. En ambos hombros llevaba seis ifritas reticentes a las caricias. Llegó a las aguas de un mar en aquel momento muy apaciguado. En las olas la estaba esperando Salomón. Entró en el agua, se acercó al rey y lo miró con los ojos suplicantes y exhaustos.

-Relaja los puños y muéstrame tus manos -dijo él.

La mujer abrió lentamente los puños, levantó las manos a la altura de su vientre y sus palmas por primera vez desde hacía mucho tiempo se encontraron con la luz del día. Con la yema del dedo Salomón marcó unas letras en cada una de las palmas de ella. Mientras movía la yema para trazar los grafemas pronunciaba despacio: “Los pilares del amor”.

Se despertó.

Abrió los ojos y miró su casa, fría y vacía desde que junto con su ex marido la despojaron de todo lo que una casa necesitaría para seguir siendo un hogar acogedor.

Volvió a cerrar los ojos y lloró profundamente por unos instantes.

“Los pilares del amor”, recordó.

Aún había tiempo. En él estaba ella. Aún existían nuevas oportunidades.

 


 


La primera estrella

Me pareció verla sentada en el tejado. Me asomé por la ventana para buscar la primera estrella. La primera también sin su presencia. El otoño decidió marchitarse con ella. Se marchitaron sus fuerzas después de meses de miradas con las que se despedía. Aquel día, cuando el vecino como siempre sacaba al perro, los niños corrían pisando las hojas amarillentas para alcanzar el bus de las siete y media y el kiosquero colocaba los periódicos y las revistas, nos miró por última vez.

Hoy la mesa estaba preparada para todos, pero la silla para un invitado inesperado la esperaba a ella. Sobre el mantel la hostia se abrazaba con la nostalgia. A mamá le pesaban los platos y los cubiertos como nunca. Y los villancicos recordaban un fin.

Duele menos cuando miro las estrellas. Así que me asomé para buscar la primera de hoy. Y juraría que la vi, sentada con los pies moviendo el aire navideño. En la mano derecha sujetaba la primera estrella. La miré. Alzó enérgicamente el brazo y lanzó el astro hacia el cielo.

Apoyé mis manos en la ventana, cogí un hondo respiro sintiendo cómo el aire refresca mi interior, levanté los ojos, miré la estrella y asentí con la cabeza.

-Feliz Nochebuena, familia. La abuela dio la señal de que ya es hora de empezar la cena.

 


 


La casa

Emparchado. Las tejas multicolores, las paredes remendadas, la puerta reparada con tablas de madera originarias de distintas épocas, los mar...