Una tarde cualquiera dejaste en la mesa del salón las
entradas para el concierto del mes siguiente. Tu agenda, como un gato
complacido, se hizo un lugar en mi sofá, pero sus hojas blancas dejaron de
ronronear después de tu última visita.
En el cajón de la cocina aún estaba la copia de tu
llave, ingenuamente dispuesta a socorrerte, por si se te perdía el original.
Por fin a la sopa de verdura podía echar apio que
tanto odiabas cuando llegabas de improviso a la hora de comer. Pero el apio sin
tu compañía me quitaba el hambre y me hacía llorar descontroladamente. En la
nevera seguía esperándote un trozo de tarta de queso con whisky y chocolate.
Ni siquiera él podía entender que ya no volverían los
dulces momentos de nuestra amistad.
Cada vez que pasaba por la carretera con la señal
hacia La Carolina maldecía de dolor pensando en el día en que elegimos ese
nombre para tu confirmación. Durante el aniversario de nuestra graduación nos
sonreías desde la foto, con tu eterna compañera balalaica, que al igual que tú
desapareció sin previo aviso.
Y yo, contagiando de nostalgia la ciudad, que durante
varios lustros era nuestra, me preguntaba por dónde peregrinarías.
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