Me pareció verla sentada en el tejado. Me asomé por la
ventana para buscar la primera estrella. La primera también sin su presencia.
El otoño decidió marchitarse con ella. Se marchitaron sus fuerzas después de
meses de miradas con las que se despedía. Aquel día, cuando el vecino como
siempre sacaba al perro, los niños corrían pisando las hojas amarillentas para
alcanzar el bus de las siete y media y el kiosquero colocaba los periódicos y
las revistas, nos miró por última vez.
Hoy la mesa estaba preparada para todos, pero la silla
para un invitado inesperado la esperaba a ella. Sobre el mantel la hostia se
abrazaba con la nostalgia. A mamá le pesaban los platos y los cubiertos como
nunca. Y los villancicos recordaban un fin.
Duele menos cuando miro las estrellas. Así que me
asomé para buscar la primera de hoy. Y juraría que la vi, sentada con los pies moviendo
el aire navideño. En la mano derecha sujetaba la primera estrella. La miré.
Alzó enérgicamente el brazo y lanzó el astro hacia el cielo.
Apoyé mis manos en la ventana, cogí un hondo respiro
sintiendo cómo el aire refresca mi interior, levanté los ojos, miré la estrella
y asentí con la cabeza.
-Feliz Nochebuena, familia. La abuela dio la señal de que ya es hora de empezar la cena.
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