Las olas en las gradas levantaban el ánimo en el
estadio. El público vitoreaba apasionadamente a los dos equipos que luchaban
por apoderarse de la portería de su adversario.
Las olas kiribatianas devoraban el país. Los
espectadores observaban aterrados cómo las tierras luchaban por no perderse en
la inmensidad del Pacífico. Ambos espectáculos acontecían al mismo tiempo en
dos lugares remotamente alejados entre sí.
Las cuentas de los organizadores crecieron considerablemente
después de aquel partido.
Tarawa seguía encogiendo.
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