sábado, 24 de abril de 2021

Hacia Brisbane

Mientras viajaba de Adelaida a Brisbane, iba recopilando imágenes para su próximo trabajo.

A las diez en punto de la noche llegó a la gasolinera donde pensaba rescatar el móvil de su inminente pérdida total de energía. Un cargador para automóviles lo solucionaría todo.

Y sin embargo no pudo ser.

Eran las diez, explicaba el empleado de la estación de servicio, y a las diez cerraban. Obviamente, si cerraban, no había manera de atenderlo, bajo ningún concepto. Aunque no pudiera contactar con nadie sin su teléfono. No, no, aun así, era imposible, el gasolinero lo sentía mucho. ¿Y si se quedaba sin GPS? Tampoco en este caso. Las reglas eran las reglas y el horario había que respetarlo. Con razón decía su padre que era útil saber leer los mapas. Y, sobre todo, tener uno en el coche. No había mapa, no había móvil, así que tocaba esperar hasta la madrugada en compañía de los surtidores para poder reanudar el viaje.

Cuando el amanecer, con timidez, empezaba a asomarse por el horizonte, el trasnochador escuchó un rumor que venía de un camino cercano.

Una mujer pasó en bicicleta delante de su coche esparciendo un olor a pan recién hecho. Las delicias horneadas eran para los campesinos. Éstos, a cambio, compartían con ella sus frutas.

Ese trueque intervecinal duraba ya años y a todos les resultaba gratificante.

 Por un momento el viajero se sintió intensamente hambriento, pero la panadera parecía tener la capacidad de localizar los estómagos vacíos, porque no tardó en volver. Bajó de su vehículo y le ofreció panecillos de su cesta. Saciado, le estrechó cálidamente la mano y se despidieron. Después del sorpresivo desayuno llenó el tanque, compró el cargador y continuó su derrotero.

Tras varias horas y unas breves paradas llegó a Dubbo. Ahí paró para reponer las provisiones, cargar nuevamente la gasolina y descansar un poco.

Entró en una tienda y al mirar a la dependienta, pensó que hacía tiempo que nadie le atendía con tanta maestría de indiferencia rozando la antipatía. Se preguntaba si con tal amabilidad siempre trataba a sus clientes o quizá su trabajo ya profundamente indeseado la transformaba en un ser casi detestable.

A la mañana siguiente retomó el viaje. Mientras conducía observaba el paisaje y los carteles que adornaban la carretera. Escuela de estilistas de alimentos. Pensó en el bollo de la panadera. No le faltaba ningún detalle, nada que disimular, nada que perfeccionar.

Benditos los bollos madrugadores, dijo para sus adentros.

Unas horas más tarde entró en Toowoomba.

Bajó del coche y caminó por la ciudad observando cómo los parques, las calles, las plazas y los jardines se transformaban para La Fiesta de la Flor. Los jardineros parecían estar hechizando el Queens Park. Estaba embelesado por su trabajo. De repente, recordó las palabras que había leído una vez: “Trabajar con amor es construir una casa con cariño, como si vuestro ser amado fuera a habitar en esa casa”.

Miró a los jardineros, saludó en sus recuerdos a la panadera y apretó con fuerza y afecto su cámara pensando en que solo algunos encuentran en su trabajo una parte importante de sí mismos.

Volvió a su furgoneta, le guiñó un ojo al objetivo colocando cuidadosamente el trípode en el asiento trasero y escuchando a Julie Anthony, retomó el camino hacia su destino.


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