Mientras viajaba de Adelaida a Brisbane, iba
recopilando imágenes para su próximo trabajo.
A las diez en punto de la noche llegó a la gasolinera
donde pensaba rescatar el móvil de su inminente pérdida total de energía. Un cargador
para automóviles lo solucionaría todo.
Y sin embargo no pudo ser.
Eran las diez, explicaba el empleado de la estación de
servicio, y a las diez cerraban. Obviamente, si cerraban, no había manera de
atenderlo, bajo ningún concepto. Aunque no pudiera contactar con nadie sin su
teléfono. No, no, aun así, era imposible, el gasolinero lo sentía mucho. ¿Y si
se quedaba sin GPS? Tampoco en este caso. Las reglas eran las reglas y el horario
había que respetarlo. Con razón decía su padre que era útil saber leer los
mapas. Y, sobre todo, tener uno en el coche. No había mapa, no había móvil, así
que tocaba esperar hasta la madrugada en compañía de los surtidores para poder
reanudar el viaje.
Cuando el amanecer, con timidez, empezaba a asomarse
por el horizonte, el trasnochador escuchó un rumor que venía de un camino
cercano.
Una mujer pasó en bicicleta delante de su coche
esparciendo un olor a pan recién hecho. Las delicias horneadas eran para los
campesinos. Éstos, a cambio, compartían con ella sus frutas.
Ese trueque intervecinal duraba ya años y a todos les
resultaba gratificante.
Por un momento
el viajero se sintió intensamente hambriento, pero la panadera parecía tener la
capacidad de localizar los estómagos vacíos, porque no tardó en volver. Bajó de
su vehículo y le ofreció panecillos de su cesta. Saciado, le estrechó
cálidamente la mano y se despidieron. Después del sorpresivo desayuno llenó el
tanque, compró el cargador y continuó su derrotero.
Tras varias horas y unas breves paradas llegó a Dubbo.
Ahí paró para reponer las provisiones, cargar nuevamente la gasolina y
descansar un poco.
Entró en una tienda y al mirar a la dependienta, pensó
que hacía tiempo que nadie le atendía con tanta maestría de indiferencia
rozando la antipatía. Se preguntaba si con tal amabilidad siempre trataba a sus
clientes o quizá su trabajo ya profundamente indeseado la transformaba en un
ser casi detestable.
A la mañana siguiente retomó el viaje. Mientras
conducía observaba el paisaje y los carteles que adornaban la carretera.
Escuela de estilistas de alimentos. Pensó en el bollo de la panadera. No le
faltaba ningún detalle, nada que disimular, nada que perfeccionar.
Benditos los bollos madrugadores, dijo para sus
adentros.
Unas horas más tarde entró en Toowoomba.
Bajó del coche y caminó por la ciudad observando cómo
los parques, las calles, las plazas y los jardines se transformaban para La
Fiesta de la Flor. Los jardineros parecían estar hechizando el Queens Park.
Estaba embelesado por su trabajo. De repente, recordó las palabras que había
leído una vez: “Trabajar con amor es construir una casa con cariño, como si
vuestro ser amado fuera a habitar en esa casa”.
Miró a los jardineros, saludó en sus recuerdos a la
panadera y apretó con fuerza y afecto su cámara pensando en que solo algunos
encuentran en su trabajo una parte importante de sí mismos.
Volvió a su furgoneta, le guiñó un ojo al objetivo
colocando cuidadosamente el trípode en el asiento trasero y escuchando a Julie
Anthony, retomó el camino hacia su destino.
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