Nació un viernes. Lo averiguó en un antiguo
calendario.
En el 88, cuando todos se empinaron con un grito
eufórico ovacionando a Sabatini, el masivo entusiasmo familiar le animó a
ponerse de pie por primera vez en la vida.
El día en que pronunció su primera palabra, aún no
entendía lo vital que aquella sería para su existencia.
Fue una madrugada en que su madre gritó espantada a las
seis y media de la mañana: “Pedro, no hay CAFEEÉ”.
Una emoción tan fuerte no pudo dejarlo indiferente. Ni
mamá, ni papá, ni hermanita. “Afé” fueron las primeras letras vocalizadas por
esa pequeña criatura.
Desde el primer
viernes de su vida despertó unas dos mil veces hasta que llegó el comienzo de
la escolaridad. Cinco días por semana estudiaba cosas sobre el universo.
Aprendió el mapa de la Tierra, retenía con gran facilidad los topónimos que
empezaban por “Gran” y los gentilicios que terminaban en -asco. Aprendió,
erróneamente que, si “yo comprendo”, “tú comprendes” y “él comprende”,
cualesquiera deberían comprender, fueran quienes fueran. Y también aprendió
dónde estaban las escaleras de emergencia para no topar con el monstruo de
profesor de matemáticas.
Después aprendió que hay flautas dulces y otras
torturadoras, que los colobos de Kirk viven en la tierra de y ocho minutos
bélicos y que la morriña, emigrante de Castelao, también es sentirse
hambriento.
Llegando a la mayoría de edad, con sus brazos
levantados, casi alcanzaba al dintel. Su estatura aumentaría ya poco y sin
embargo aún crecería mucho más.
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