Se metió mal. Lo notaba, pero había que seguir. Llave,
motor, M30, semáforo, llegó. En cinco minutos tenía programada una junta con la
persona cuya presencia en la última semana la absorbía de una manera firme e
inquietante. El pasillo se llenó de potenciales espectadores, no había cómo
salvarse de la desesperante incomodidad.
-Ficcardi, maldita tu inventiva -se quejó
silenciosamente.
A cualquier persona en su lugar se le alteraría su
manera de caminar. Vio en su imaginación una selva de fundoshi que crecía hacia
todas partes y obstruía su juicio. Un ligero desvío, unos pocos segundos y la mano
derecha venciendo el hilo, cambiaron favorablemente el rumbo de aquella
reunión.
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