Soñó que hablaba más de ochocientas lenguas. Intentaba
avanzar en el camino de tanto en tanto, acompañada por algún compañero de ruta,
pero con sus vocablos, a menudo inesperados e inentendibles, terminaba
malográndolo. Vagaba por tierras desconocidas arrastrando en sus tobillos
almejas de borde dorado. En ambos hombros llevaba seis ifritas reticentes a las
caricias. Llegó a las aguas de un mar en aquel momento muy apaciguado. En las
olas la estaba esperando Salomón. Entró en el agua, se acercó al rey y lo miró
con los ojos suplicantes y exhaustos.
-Relaja los puños y muéstrame tus manos -dijo él.
La mujer abrió lentamente los puños, levantó las manos
a la altura de su vientre y sus palmas por primera vez desde hacía mucho tiempo
se encontraron con la luz del día. Con la yema del dedo Salomón marcó unas letras
en cada una de las palmas de ella. Mientras movía la yema para trazar los
grafemas pronunciaba despacio: “Los pilares del amor”.
Se despertó.
Abrió los ojos y miró su casa, fría y vacía desde que
junto con su ex marido la despojaron de todo lo que una casa necesitaría para
seguir siendo un hogar acogedor.
Volvió a cerrar los ojos y lloró profundamente por
unos instantes.
“Los pilares del amor”, recordó.
Aún había tiempo. En él estaba ella. Aún existían
nuevas oportunidades.
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