Aquella biblioteca que siempre olía a té de rosas y donde la
abuela encontraba recuerdos de sus pasiones y saciaba los deseos incumplidos,
olía ahora a mercancía de alto estándar que satisfacía los gustos rebuscados.
Los estantes, que aguantaban valientemente el peso de todas esas ideas impresas
durante mi etapa de frívola ensoñación sin censura, desaparecieron y con ellos
desaparecieron las respuestas, se fueron las preguntas sin estar hechas, se
disiparon las palabras que me agitaban y me maravillaban.
En otra calle, donde los ostentosos escaparates no rivalizaban con
los lugares en los que los grandes y los pequeños podían jugar con la
imaginación, la biblioteca olía a malvavisco y seguía con sus estantes llenos
de historias.
La observaba. Cada día paseaba un rato entre los pasillos, con una
mano ligeramente estirada toqueteando los lomos de los libros colocados en las
estanterías. Escogía algunos ejemplares, los ponía en el suelo y se sentaba al
lado. Solía permanecer quieta, moviendo los ojos al son del despliegue de los
sucesos literarios. Era una imagen atrayente. Me entrometía con discreción,
pero sin permiso, en esos momentos que creaba para sí misma. Su presencia me
intrigaba. Deseaba que compartiera sus palabras y las de sus libros conmigo.
Le observaba.
Venía cada día casi a la misma hora. Con un rostro que traducía al
intuitivo lenguaje humano los mensajes de un alma que anhela desprenderse de la
aparente evidencia. Se sentaba en el sillón y con una mano hojeaba los libros
mientras garabateaba con la otra, quizá simplemente para mantenerlas ambas
ocupadas, quizá porque la lectura no le parecía lo suficientemente seductora
como para dedicarle toda su atención. Y de tanto en tanto me miraba con los
ojos que delataban su creciente curiosidad.
Se observaban regalándose instantes al azar. El silencio
acompañaba a ambos complacidamente, pero en su alma nacía el deseo de ser
arropado por alguna palabra, pues ni siquiera a él le gusta estar siempre solo.
Los libros, amigos del silencio y de las palabras, sacudieron sus hojas y
lanzaron sus marcapáginas hacia los espectadores.
‒Perdone, me parece que éste es suyo-dijo el hombre entregando un
señalador a su dueña.
‒Y éste le pertenece a usted, creería -contestó la mujer
devolviendo otro marcapáginas al recién conocido.
El reloj decidió soltar los segundos con más lentitud y las
memorias de los nuevos conocidos empezaron a liberar relatos leídos en el
pasado. En las estanterías, en el suelo, en las lámparas y en los sillones,
comenzaron a aparecer incontables lugares, hechos y personajes.
‒Ya es hora de que todos nos movamos de aquí ‒pensaron ambos
simultáneamente después de haber permanecido un buen rato en esta peculiar
reunión.
‒Debo confesarle que tengo esa particularidad de caminar hasta el
mediodía a cuatro kilómetros por hora y hasta la medianoche a siete ‒susurró
él.
-Fíjese, qué casualidad, creía que era la única que solía caminar
a dos velocidades en el día ‒ respondió ella.
Salieron, juntos, a cuatro por hora y al llegar al edificio de la
antigua biblioteca de la abuela aceleraron a siete. Eran las doce.
Curiosa y atraída por los insólitos eventos de aquella mañana,
seguí sus pasos sintiendo cómo las ilusiones intentaban penetrar en todos los
rincones del barrio.