Los hijos del tiempo habitan en muchos lugares.
Algunos se establecieron en la epidermis. Son unos
seres muy reflexivos e inquietos. Cada vez que sus padres, la hora y el minuto,
se acercan al humano con alguna experiencia, los pequeños la atrapan,
atraviesan el cuerpo y corren hacia el raciocinio para hacerle hablar a la
recién llegada. Algunas vivencias se sinceran y explican el motivo de su
aparición. Otras permanecen calladas. Culminado el intento, con éxito o
fracaso, el retoño del tiempo vuelve a la piel y sigue esperando la venida de
nuevas experiencias y así se repite este itinerario durante toda la vida del
hombre. Con sus continuos movimientos produce pequeños surcos a los que los
humanos llamamos arrugas.
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