Durante mucho tiempo estaba ahí, tumbada cómodamente
en el salón. Cada día era testigo de diversos acontecimientos y guardaba los
recuerdos en sus hilos.
El niño se hizo grande.
Una noche decembrina, desvelado por sus preocupaciones,
se acostó en la alfombra, intentando conciliar el sueño. Le acercó una oreja y
ella empezó a contarle historias. Dormido y sosegado se quedó sobre ella hasta
la madrugada.
Al despertarse empezó a escribir todo lo que había
escuchado aquella noche.
Así es como surgieron algunos de los relatos que leen los
pequeños y los grandes lectores en muchos rincones del mundo sin conocer su
verdadero origen.
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