Vino al mundo con una flauta en el pecho.
Se despertaba con una melodía dulce, aunque algo
desordenada, que le acompañaba hasta la noche. Nadie aparte de él podía oír los
sonidos que tremolaban en sus adentros. Su infantil cuerpo crecía al igual que
el instrumento que guardaba en su interior y el sonido que producía empezó a
introducirse en todos los rincones posibles: en sus venas, sus músculos y sus
huesos. Sentía como le resonaba todo el organismo.
Una tarde veraniega, caminando por los bosques lugareños,
tropezó con una clave de sol y cayó al suelo.
Al caer, su cuerpo sonó con una gran fuerza y el
sonido que produjo hizo vibrar las viviendas de su aldea.
El flautista se incorporó, se puso de rodillas y miró
la clave. Ésta palpó las pequeñas manos del muchacho, después se acercó a sus
ojos, los rozó con delicadeza y descendió hasta el corazón. Su pecho
resplandeció y sus dedos, acercándose a su torso, empezaron a moverse con
armonía.
Desde aquel suceso, ahí donde aparecía el músico,
cadenciosas melodías afloraban y llenaban el espacio y los oídos de los que se
encontraban a su alcance.
Dicen sus descendientes que el flautista sigue
caminando por las callejuelas de su pueblo y que cada cierto tiempo, cuando se
encuentra de nuevo con la clave de sol, las casas tiemblan revoltosamente.
Cuentan también que es entonces cuando los niños, que tienen la capacidad de
percibir lo extraordinario, escuchan nuevas composiciones del espíritu del
músico, comienzan a silbar y a tararear canciones desconocidas.
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