En los días tristes surgen también momentos cotidianos
que nos distraen, nos consuelan, nos acarician, nos reconfortan por unos
instantes.
Después de salir del cementerio encontré en la acera
un botón cuadrado de color celeste con dos agujeros en el medio.
No pisado, no quebrado, en buen estado, en fin. ¿No
quería Laurita sacar el vestido verdoso del armario de su bisabuela? Pero el
botón para el cuello, claro, con el entierro, ¿quién pensaría en el botón?
Laurita no paraba de repetir que el vestido era de la abuela cuando era nena,
como ella lo es ahora. Y que las nenas crecen, se hacen grandes y después nos
esperan en el cielo, lugar que según la imaginación de Laurita y deduciendo de
su calmada y sonriente carita, debe ser maravilloso.
En la casa se puso la ropa de la bisabuela con el
botón recién cosido, empezó a bailar inocentemente enfrente del espejo y yo me
imaginé a aquella nena de los años ´40, que bailaba feliz cuando terminó la
guerra.
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