Se despertó un día con una turquesa ilusión inundando
su aún adormilada mente. Notó un intenso ardor en sus aletas. Algo inexplicable
le seducía. Sintió cómo su deseo transformaba el agua que le circundaba en una corriente
de ondas poderosas. Empezó a moverse con vigor. Nadó y nadó, atraído por una fuerza
desconocida, hasta que llegó a una bella cortina de agua cristalina. Emocionado
intentó tocarla, pero cada vez que se acercaba, sentía dolor en sus escamas.
Aun así, no se daba por vencido. “Mi alma es también de este hermoso lugar,
aunque mi cuerpo todavía no se da cuenta”, intuía.
Cada día se aproximaba de nuevo y rozaba las olas de
aquel encantador espacio recientemente descubierto. Y siempre que lo hacía, sus
aletas sufrían.
A pesar de las molestias seguía desvelándose con la
misma imagen turquesa ante sus ojos y con el mismo deseo de encontrarse con
ella.
Después de varias semanas un abanico de aletas
apareció en sus proximidades, animándole a traspasar la frontera acuática. Con
calma, pero con firmeza, fue dejando las aguas dulces atrás y finalmente cruzó
al otro lado. Sereno y feliz observaba maravillado todo lo que le rodeaba.
-Hasta pronto, río querido. Volveré a verte -dijo el
pez aleteando eufórico en las aguas oceánicas.
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