Pasaban los años y las criaturas
humanas no lo notaban. Apenas cuando llegaban al fin de cada una de las vidas
se daban cuenta de todo lo que aún quedaba por hacer y se reprochaban lo poco
que habían realizado.
Cada vez que nacían de nuevo se
encontraban con las cosas pendientes que seguían amontonándose.
El universo se percató de aquella
muy desordenada manera de vivir, por lo que decidió ayudarle al hombre y mandó
a la tierra los espíritus del tiempo.
Desde entonces, los humanos, a
través de los cambios que vienen con la edad, pueden percibir que van quedando
menos amaneceres para poder llegar a las metas de cada una de sus existencias.
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