Abrió la ventana y tendió sus memorias y sus
pensamientos en las cuerdas para que se aireasen. Necesitaban algo de oxígeno y
rayos del sol.
Las cuerdas enganchadas en la pared que daba al patio
llegaban hasta el edificio de enfrente.
El edificio vecinal constaba de cuatro plantas. La planta
baja aún estaba vacía, esperando a sus nuevos residentes. En el primer piso, la
indiferencia paseaba a diario por toda su vivienda llenando las habitaciones de
apatía. En la segunda planta, el amor rebosaba las paredes y sus chispas
adornaban las escaleras y la vieja fachada. En el último piso, donde también
terminaba el recorrido de los asuntos colgados, vivía el odio que buscaba
cualquier ocasión para atormentar a sus vecinos y a todos los que encontrase en
su camino.
El contenido que ondeaba tras la ventana captó su
atención enseguida.
Se lanzó hacia las sogas, tiró de ellas
impetuosamente, agarró las memorias y los pensamientos y los aprisionó en sus
manos. Con sus palmas heladas los estrujaba y lastimaba. Los arrojaba contra
cualquier lugar u objeto que pudiera provocarles dolor. Los injuriaba e intimidaba.
Junto con sus cómplices, la ignorancia, la estupidez y la envidia, maltrataron
a sus esclavos y cuando éstos llegaron a tener un aspecto lo suficientemente
lamentable como para satisfacer sus perversos deseos, los agresores volvieron a
colgarlos en la cuerda gozando de sus acciones.
Habiendo recuperado sus pertenencias, la dueña sollozó
rogando que alguien le ayudase a curar las heridas. La indiferencia, con su
desidiosa actitud, fijó la mirada en un punto impreciso e irrelevante del
patio. El amor miró hacia fuera. Alarmado, descendió con paso decidido por los escalones.
La celosía de la ventana en la planta baja se entreabrió con un chirrido
esperanzador.
Quizás aún no era demasiado tarde.
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