La primera frase de la nota sabatina captó
particularmente su atención. La celebridad, ocupando un vasto espacio en la
sección gente, antes tan espléndida, se presentaba de pronto con sus
cabellos opacos, un rostro desgastado y los gestos que malogradamente
enmascaraban su actual vulnerabilidad.
Una impresión alarmante.
En el segundo plano, varias figuras indeterminadas se
desplazaban con paso apresurado en direcciones imprecisas.
Sábado, un momento propicio para despejar la mente.
Salvo cuando algo angustioso liquida la oportunidad para la distensión.
Esa primera frase. Las proposiciones del año nuevo y
del mes entrante y de los seis meses ya pasados del año en curso
chisporrotearon tímidamente con la esperanza de ser recordadas. Sin éxito. Ese
titular y la imagen del pelo descuidado a través de cuyas puntas traslucía una
imagen amenazante destronaron las promesas personales.
En la bolsa tirada al lado del perchero el libro
envuelto en papel de regalo se contoneaba.
La temperatura del ambiente invitaba al obsequio a
salirse del envoltorio, pero la redacción en el periódico digital amedrentaba
exigiendo tácitamente inmovilización de cuerpos e intelectos. Dadas las
circunstancias, tampoco la conferencia que lanzó un comunicado ayer fue digna
de ser considerada significativa. Procedía de un espacio escasamente ambientado
y de un grupo de ponentes pobres en adorno.
El vecino, que mostraba pretensiones de interactuar
con la absorta lectora, pasó por la acera comunal habiéndose llevado un breve y
amable saludo sin ahondar en la trascendencia.
El programa televisivo decidió apresar el interés de
los espectadores con la misma imagen del diario acompañada de un mensaje
desconcertante. La intriga y el cansancio de toda una seguidilla de tareas
intersemanales despistaba los pensamientos.
TODO APUNTA A LO TEMIDO
Esta mañana, la pantalla del teléfono con sus
propiedades paramagnéticas ha vuelto a atraer de inmediato sus manos y su
vista.
La noticia del día anterior comenzaba a fragmentarse y
a evaporarse de la memoria corta. El vértigo vital enlentecía la sublimidad,
los convencionalismos enjaulaban las reflexiones y los asuntos verdaderamente
atendibles se perdían en el huracán de nimiedades.
-¿Panta Rei? -susurraban los sabios.
-¿Panta Rei? -musitaban los siglos.
El chico amarillo regresaba embalado en señales hipnotizadoras.
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