domingo, 29 de mayo de 2022

Hombre feliz

Me gusta probar comidas nuevas. Es una manera relativamente accesible de explorar lo desconocido y de aprender sobre mi cuerpo y sus reacciones ante los ingredientes más inesperados.

Con cierta frecuencia rastreo las callejuelas de la ciudad a fin de encontrar algún rincón culinario que sorprenda mi paladar.

De vez en cuando, aportándome nutrientes derivados de un plato recién descubierto, ocurre otro suceso que le otorga una importancia adicional al almuerzo o la cena que ya de por sí aspira a ser más relevante de lo habitual.

Pretendiendo concederle un acento de festividad a las rutinas de entre semana, decidí pasar una tarde merculina en el llamado Barrio de los Almuerceros en el que había vivido inolvidables momentos con mi amigo de la infancia, adolescencia y temprana adultez.

Creo que la madurez de esta última empezó a germinar en mí después de la desastrosa comida que habíamos compartido en aquel abril, haría unos diez u once años. A veces fingía no darme cuenta del tiempo que ya había pasado desde entonces, para restarle la importancia de mis equivocadas acciones. Pero las palabras con las que le había tiroteado y su cara deformada por la decepción, el dolor y el odio, cada cierto periodo volvían a punzar mi cabeza. Hábilmente y con celeridad, aplastaba aquellos incómodos recuerdos con algún problema vigente inventado de inmediato por la necesidad de la situación o con algún pensamiento frívolo que requiriera un esfuerzo intelectual mínimo.

Las calles de los Almuerceros estaban repletas de pequeños y medianos bares y restaurantes, muchos de ellos con sus entrañables fachadas que envejecían con los dueños. Reconocía la gran parte de ellos. Pensé, pues, que para cumplir con mis costumbres de mimar el estómago con un menú novedoso me dejaría seducir por algún elemento del entorno cuya originalidad me resultase más llamativa.

El mosaico de porcelana, que revestía la entrada de aquel establecimiento gastronómico y el ambiente que pude ojear a través de las grandes ventanas con coloridos marcos que se asemejaban a los del mosaico, me ayudaron a tomar la decisión.

Entré, saludé y me acomodé en una de las mesas colocadas al fondo.

 Enseguida uno de los camareros se acercó para ofrecerme sus servicios y dejarme la carta. Ansioso por explorar su interior estiré la mano para recibirla y trepé con la mirada por el delantal para mantener el contacto ocular con el mozo. Me detuve por un momento a la altura de su pecho.

Tamayo. Fue el apellido del muchacho que estaba por atenderme, al menos eso era lo que marcaba la placa identificativa que llevaba en su uniforme.

Una asociación mental me suscitó a revivir la disputa.

Una mesa, Román y yo sentados esperando la llegada del plato del día y el “Hombre feliz” colgado en una de las paredes laterales. Con una perenne sonrisa testimoniaba cómo el tamaño y el propósito de un breve comentario de mi amigo fueron transfigurados por mí ahora ya admitida errónea interpretación.

Por fin, tras años de boicotear mis propios remordimientos con el ego, me puse a analizar exhaustivamente el incidente alejado centenares de días de mi contemporaneidad.

Nunca me habría imaginado que la conversación sobre la réplica de un cuadro del pintor mexicano podría desencadenar disparos verbales de tal calibre. Pero la conversación sobre aquella imagen de Rufino nos hizo escarbar en lo que habría preferido dejar aletargado y fui incapaz de afrontarlo con sensatez. Creé balas con mis propios fallos e insatisfacciones y terminé ametrallando a mi, hasta entonces, leal compañero de andanzas por los eventos diarios y por los pensamientos que rondaban por mi cabeza.

Aquel miércoles, siendo observado por el "Hombre feliz" dibujado en mi fantasía, volví a sentir el dolor de la pérdida de tan valiosa amistad. Pero esa vez lo sentí con más lucidez en mi juicio y más estabilidad en mis emociones.

Después de haber introducido el último trozo de comida en mi boca, bajé el tenedor advirtiendo que mi plato estaba vacío sin que recordase qué alimento me habían entregado. No quedaba espacio en mi mente para saborear gustos nuevos. Mi conciencia se llenó de honestas y dolorosas reflexiones y de conclusiones claras y necesarias.

Esa vez no pedí postre. Dejé una propina más grande de lo usual como si con ella quisiera expiar mis pecados y habiendo inclinado ligeramente la cabeza para despedirme de Tamayo, salí.

Volvía a ser primavera. Todo lo que se había marchitado estaba por renacer y yo empezaba a reencontrarme con una parte de mí perdida hacía tanto tiempo. La quería recuperar enfrentándome a lo que no era capaz de concebir ni pronunciar desde aquel áspero adiós. Por fin entendí que necesitaba pedir perdón.

Busqué en mi agenda el contacto, y nervioso, como si estuviera esperando la sentencia, marqué el número rogando poder oír la voz cercana y familiar de los viejos tiempos.

Tras un tono de corta duración escuché la respuesta de mi bien conocido interlocutor.

-Lo lamento -dije con la garganta oprimida -. Lo lamento mucho -insistí recobrando algo de fuerza en las cuerdas vocales y en el espíritu.

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