Me gusta probar comidas nuevas. Es una manera
relativamente accesible de explorar lo desconocido y de aprender sobre mi
cuerpo y sus reacciones ante los ingredientes más inesperados.
Con cierta frecuencia rastreo las callejuelas de la
ciudad a fin de encontrar algún rincón culinario que sorprenda mi paladar.
De vez en cuando, aportándome nutrientes derivados de
un plato recién descubierto, ocurre otro suceso que le otorga una importancia
adicional al almuerzo o la cena que ya de por sí aspira a ser más relevante de
lo habitual.
Pretendiendo concederle un acento de festividad a las
rutinas de entre semana, decidí pasar una tarde merculina en el llamado Barrio
de los Almuerceros en el que había vivido inolvidables momentos con mi amigo de
la infancia, adolescencia y temprana adultez.
Creo que la madurez de esta última empezó a germinar
en mí después de la desastrosa comida que habíamos compartido en aquel abril,
haría unos diez u once años. A veces fingía no darme cuenta del tiempo que ya
había pasado desde entonces, para restarle la importancia de mis equivocadas
acciones. Pero las palabras con las que le había tiroteado y su cara deformada
por la decepción, el dolor y el odio, cada cierto periodo volvían a punzar mi
cabeza. Hábilmente y con celeridad, aplastaba aquellos incómodos recuerdos con
algún problema vigente inventado de inmediato por la necesidad de la situación
o con algún pensamiento frívolo que requiriera un esfuerzo intelectual mínimo.
Las calles de los Almuerceros estaban repletas de
pequeños y medianos bares y restaurantes, muchos de ellos con sus entrañables
fachadas que envejecían con los dueños. Reconocía la gran parte de ellos. Pensé,
pues, que para cumplir con mis costumbres de mimar el estómago con un menú
novedoso me dejaría seducir por algún elemento del entorno cuya originalidad me
resultase más llamativa.
El mosaico de porcelana, que revestía la entrada de
aquel establecimiento gastronómico y el ambiente que pude ojear a través de las
grandes ventanas con coloridos marcos que se asemejaban a los del mosaico, me
ayudaron a tomar la decisión.
Entré, saludé y me acomodé en una de las mesas
colocadas al fondo.
Enseguida uno
de los camareros se acercó para ofrecerme sus servicios y dejarme la carta.
Ansioso por explorar su interior estiré la mano para recibirla y trepé con la
mirada por el delantal para mantener el contacto ocular con el mozo. Me detuve
por un momento a la altura de su pecho.
Tamayo. Fue el apellido del muchacho que estaba por
atenderme, al menos eso era lo que marcaba la placa identificativa que llevaba
en su uniforme.
Una asociación mental me suscitó a revivir la disputa.
Una mesa, Román y yo sentados esperando la llegada del
plato del día y el “Hombre feliz” colgado en una de las paredes laterales. Con
una perenne sonrisa testimoniaba cómo el tamaño y el propósito de un breve
comentario de mi amigo fueron transfigurados por mí ahora ya admitida errónea
interpretación.
Por fin, tras años de boicotear mis propios
remordimientos con el ego, me puse a analizar exhaustivamente el incidente
alejado centenares de días de mi contemporaneidad.
Nunca me habría imaginado que la conversación sobre la
réplica de un cuadro del pintor mexicano podría desencadenar disparos verbales
de tal calibre. Pero la conversación sobre aquella imagen de Rufino nos hizo escarbar
en lo que habría preferido dejar aletargado y fui incapaz de afrontarlo con
sensatez. Creé balas con mis propios fallos e insatisfacciones y terminé ametrallando
a mi, hasta entonces, leal compañero de andanzas por los eventos diarios y por
los pensamientos que rondaban por mi cabeza.
Aquel miércoles, siendo observado por el "Hombre
feliz" dibujado en mi fantasía, volví a sentir el dolor de la pérdida de
tan valiosa amistad. Pero esa vez lo sentí con más lucidez en mi juicio y más
estabilidad en mis emociones.
Después de haber introducido el último trozo de comida
en mi boca, bajé el tenedor advirtiendo que mi plato estaba vacío sin que
recordase qué alimento me habían entregado. No quedaba espacio en mi mente para
saborear gustos nuevos. Mi conciencia se llenó de honestas y dolorosas
reflexiones y de conclusiones claras y necesarias.
Esa vez no pedí postre. Dejé una propina más grande de
lo usual como si con ella quisiera expiar mis pecados y habiendo inclinado
ligeramente la cabeza para despedirme de Tamayo, salí.
Volvía a ser primavera. Todo lo que se había
marchitado estaba por renacer y yo empezaba a reencontrarme con una parte de mí
perdida hacía tanto tiempo. La quería recuperar enfrentándome a lo que no era
capaz de concebir ni pronunciar desde aquel áspero adiós. Por fin entendí que
necesitaba pedir perdón.
Busqué en mi agenda el contacto, y nervioso, como si
estuviera esperando la sentencia, marqué el número rogando poder oír la voz
cercana y familiar de los viejos tiempos.
Tras un tono de corta duración escuché la respuesta de
mi bien conocido interlocutor.
-Lo lamento -dije con la garganta oprimida -. Lo
lamento mucho -insistí recobrando algo de fuerza en las cuerdas vocales y en el
espíritu.
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