Casi le estoy pisando los talones. Que se incomode. Y
que se moleste. Bueno, no demasiado. Pero es que quiero pasar. ¿Cómo no se da
cuenta? La acera es bastante ancha y podría pasar por el otro lado, pero el
otro lado tiene las losas rotas. ¿Acaso no puedo caminar por la acera en
condiciones? ¿Sólo porque no llevo este maletín tan nuevo y los zapatos tan
lustrados como usted? Pues yo también me merezco un trozo de pavimento en
buenas condiciones. Encima se está comiendo algo de canela. Como mi hermano,
que en paz descanse. Canela sin parar. Se comía canela a kilos. Yo le hice
galletas de canela. Le hice muchas. Y él se me murió en camino a mi casa. Y
ahora me toca aguantar este olor porque usted no se da cuenta de que necesito
pasar. Para el colmo, va con los auriculares sin cable, distraído y divertido
porque le está llamando alguien a quien usted llama cariño. Así uno no va a
poder pasar nunca. Cariño esto cariño lo otro. Pero, hombre, ya nos hemos
enterado todos que a la persona con la que está conversando le tiene usted un
aprecio especial. No hace falta que presuma de eso, tampoco es para tanto. A mí
me llamaban cariño, ¿y de qué me sirvió? ¿Dónde están los que tanto me querían?
Al final cariñosamente me dejaron una deuda, unos moretones y una cama vacía.
Mala suerte la mía, ¿quién me manda ir a la terminal justo cuando tengo
enfrente a este individuo que también se dirige hacia las dársenas sin tener
apuro alguno? ¿No podría ser uno de estos que van con prisas sin siquiera tener
tiempo para mirar su alrededor? No, este va tranquilo, observando el paisaje
citadino. Citadino. No usaba esta palabra desde mi secundaria. La profesora me
decía que era buena en lengua, que podría estudiar. Pero qué estudiar ni
estudiar. Se me rieron en cara cuando lo conté en esa casa donde me habían
dejado mis padres. ¿A lo mejor ellos no se habrían reído de mí? Pero cómo iba a
saberlo. La última vez los vi cuando tenía seis años. Mamá me dejó un libro. Me
dijo que era su favorito y que me lo leería a la vuelta. Larga se le está
haciendo la vueltita, porque ya me dio tiempo de dejar la escuela para trabajar
en la fábrica y escuchar más de una risa con la que mis tíos sólo querían
mostrar su desprecio. Los de mi planta sí que tenían prisa. Tanta prisa me
metían que se me deformaron las manos y sin darme cuenta de lo rápido que
pasaba el tiempo, me jubilé. La vida se me pasó y no pasó casi nada. De nena con
ese libro en la mano caminaba por las calles y me imaginaba tantas cosas. Iba a
ser tantas cosas, iba a conseguir tantas cosas. He conseguido que me duelan los
huesos y que no puedo pasar por un trozo sano de la acera. Ayer me pagaron la
cuota mensual de jubilación mínima así que quiero al menos ir a desayunar a la
terminal, como cada mes. Ahí sí, parece que pasan cosas buenas y uno se
contagia con el ambiente de este lugar. No sé si existe magia, pero yo voy a la
terminal después de cobrar esa enana pensión mía y me sigo imaginando cosas
como cuando era una cría. Eso yo me lo llamo magia. A ver si usted me permite
llegar hoy. Parece que le tengo que ayudar con un carraspeo. Y es cuando usted
se da la vuelta, sin estar molesto ni lo más mínimo, me mira a los ojos, me
sonríe como nadie ha hecho hace mucho. Me hace una suave y amable seña de que
puedo pasar tranquila y yo me rompo por dentro por ser tan malpensada. Le
devuelvo la sonrisa, le pido mil disculpas sin entrar en detalles y nos
deseamos un buen día.
Así dos instantes mágicos ocurren en una sola mañana.
En este lugar donde se cruzan miles de almas e historias.
No hay comentarios:
Publicar un comentario