sábado, 17 de abril de 2021

El albaricoquero

Muy contento de ver el sol primaveral, el albaricoquero inició sus quehaceres. Removió su copa, la adornó de hojas y flores y comenzó a elaborar la fruta.

Después de varios días en las ramas comenzaron a aparecer unos albaricoques redondos, jugosos, apetitosamente pintados de color naranja. Crecieron tantos que no había manera de contarlos.

El árbol, feliz por su labor, esperaba la llegada de aquéllos con los que orgullosamente pudiera compartirlo. Pero los días pasaban y ningún caminante aparecía en el campestre camino.

Entristecido, empezó a sollozar con gran fuerza.

Las pesadas ramas soltaban sus frutas, que tan tristes como su progenitor, caían a la tierra obedientemente.

Casi estaba perdiendo la esperanza cuando un grupo de niños se le aproximó, y enérgicamente, se pusieron a recoger y saborear los albaricoques. No paraban de dar saltos de alegría y de exaltar la calidad de la fruta.

El albarillo sonrió con ellos aliviado y satisfecho y miró de lejos al ciruelo, deseándole que su trabajo también fuese reconocido.

 


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