Cuando se encontraron, su pelo estaba por rozar el
suelo. Caminaba agachado, la pesadez de su cabeza no le permitía estar en una
postura algo más clásica. Se habituó, por lo tanto, a fijarse en los zapatos de
los peatones, a reconocer las calles por los daños en la acera y a observar las
sombras de los árboles. Hacía mucho que no miraba las caras de la gente.
Un día primaveral aparecieron delante de él unas zapatillas
blancas de cordones azules. Se detuvieron vis-à-vis.
-Disculpa, no pretendo ser impertinente, pero ¿me
permitirías sacarte lo que te sobresale de la oreja?
-¿De la oreja dices? No sé a qué te refieres, pero
adelante -respondió indiferente.
La caminante de cordones azules tiró de lo
sobresaliente y sacó un reproche.
-Vaya, parece que, al tirar de ésta, se ha asomado
otra. ¿Podría arrancarla también?
-Y bueno, ya que te has puesto. No me ha resultado
desagradable. Diría que, todo lo contrario.
-Bien, ahí voy -dijo la desconocida y tiró de nuevo de
lo que sobresalía. Esta vez sacó una crítica injusta.
-¡Ahí va, no me vas a creer! De veras, no pretendo
molestar, pero de nuevo se asomó otra. ¿Me permitirías…?
El hombre, sorprendido de poder ver los tobillos de la
transeúnte, interrumpió animado.
-Chica, saca cuanto quieras.
Así que la mujer sacó unos cuantos regaños exagerados,
varios insultos, unas decenas de humillaciones, unos cuantos malos recuerdos y
un puñado de risas malvadas.
El hombre vio dos delgaditas tibias, las rodillas, dos bonitas caderas, un vientre algo redondo, dos bellos pechos, cuello blanco, barbilla, labios, nariz, los ojos verdes de su acompañante y finalmente miró su rostro pecoso y risueño.
-¿Quieres que te ayude a deshacerte de esta basura?
–preguntó la de las pecas.
-Te estaría agradecido -contestó el erguido.
Su fragmento del mundo sonrió.
Me encanta!
ResponderEliminar¡Muchas gracias, querida Manuela!😊😊
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