miércoles, 2 de marzo de 2022

Una triple aventura

Inicio del desafío. Fecha: cualquiera, hora: imprecisa, supeditada a las eventualidades diarias. Preparados, listos, se abre el grifo y la tapa del piano de cola. Suenan las primeras notas de una de las piezas creadas por el compositor y padre a tiempo completo.

Las primeras gotas, cayendo de la alcachofa de la ducha, alcanzan el fondo de la bañera. La pequeña criatura llamada el fruto del amor de ambos progenitores está saciada y relativamente apacible, lo cual suele tener una duración breve.

Se requiere actuar con rapidez.

Me desvisto, doy un salto hacia el agua con cuidado para no sumarle a las tareas matutinas la de una visita a las urgencias con una extremidad fracturada.

El hombrecillo de unos pocos meses se encuentra en la etapa de exploración táctil del bidé, mientras yo paso por la fase uno del lavado corpóreo valorando entre tanto mis posibles incompetencias como protectora de mi acompañante ante la exposición a las bacterias.

Fase dos: acondicionamiento del cabello y cuidados faciales. El hombre miniatura empieza a impacientarse, por lo tanto, hay que comenzar a activar las habilidades artísticas. Aprovechando la melodía procedente del exterior y continuando con el enjabonado improviso una coreografía que dignamente podría competir con el baile de YMCA de Village People.

El mini ser vuelve a distraerse y a mostrar su descontento. Llega el momento de entrega de objetos diversos.

Su atractivo capta la atención de la pequeña cabecita por unos pocos instantes. A todos ellos les espera el mismo trágico final de ser arrojados rabiosamente al suelo. Concluye la masacre de los recipientes de droguería y la parte superior de mi cuerpo está higienizada con éxito.

Mientras paso a la fase cuatro -limpieza del tronco en dirección hacia los pies- me arriesgo a ser dolorosamente tratada por la barra de la cortina ya que su resistencia a los tirones de las manos del pequeño destructor está debilitada de manera significativa.

Logro evitar un infortunio doméstico rematando la purificación corporal.

Miro con añoranza la maquinilla de afeitar escuchando un insistente gemido usado a modo de advertencia de las consecuencias en caso de la realización de mi deseo.

Pospongo el plan.

Cierro el grifo.

Me seco con apresuramiento cantando una canción infantil cuya letra deformo por los actuales fallos en mi memoria debidos a la falta del sueño.

Con el fin de acortar el tiempo de espera de mi compañero de baño que me acosa con un volumen descomunal de sus quejidos, decido no ser exigente en cuanto a mi vestimenta poniéndome, exceptuando unos pocos y necesarios detalles, las prendas usadas el día anterior.

Tras unos escuetos pero valiosos arreglos la acción culmina con éxito. Mi vástago nuevemesino ha llegado favorablemente a la meta de mi aseo cotidiano, el pianista ha logrado mover sus dedos sobre el teclado por unos minutos y yo me muestro decente para presentarme de nuevo ante el mundo.

Entrego a nuestro tesoro al otro cuidador para proseguir con mis responsabilidades laborales mientras los varones de la casa siguen con los ejercicios psicomotrices con el objetivo de que todos podamos llegar a salvo a la hora de comer.

 

4 comentarios:

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