Inicio del desafío. Fecha: cualquiera, hora:
imprecisa, supeditada a las eventualidades diarias. Preparados, listos, se abre
el grifo y la tapa del piano de cola. Suenan las primeras notas de una de las
piezas creadas por el compositor y padre a tiempo completo.
Las primeras gotas, cayendo de la alcachofa de la ducha,
alcanzan el fondo de la bañera. La pequeña criatura llamada el fruto del amor
de ambos progenitores está saciada y relativamente apacible, lo cual suele tener
una duración breve.
Se requiere actuar con rapidez.
Me desvisto, doy un salto hacia el agua con cuidado
para no sumarle a las tareas matutinas la de una visita a las urgencias con una
extremidad fracturada.
El hombrecillo de unos pocos meses se encuentra en la
etapa de exploración táctil del bidé, mientras yo paso por la fase uno del
lavado corpóreo valorando entre tanto mis posibles incompetencias como
protectora de mi acompañante ante la exposición a las bacterias.
Fase dos: acondicionamiento del cabello y cuidados
faciales. El hombre miniatura empieza a impacientarse, por lo tanto, hay que
comenzar a activar las habilidades artísticas. Aprovechando la melodía
procedente del exterior y continuando con el enjabonado improviso una
coreografía que dignamente podría competir con el baile de YMCA de Village
People.
El mini ser vuelve a distraerse y a mostrar su
descontento. Llega el momento de entrega de objetos diversos.
Su atractivo capta la atención de la pequeña cabecita
por unos pocos instantes. A todos ellos les espera el mismo trágico final de
ser arrojados rabiosamente al suelo. Concluye la masacre de los recipientes de droguería
y la parte superior de mi cuerpo está higienizada con éxito.
Mientras paso a la fase cuatro -limpieza del tronco en
dirección hacia los pies- me arriesgo a ser dolorosamente tratada por la barra
de la cortina ya que su resistencia a los tirones de las manos del pequeño
destructor está debilitada de manera significativa.
Logro evitar un infortunio doméstico rematando la purificación
corporal.
Miro con añoranza la maquinilla de afeitar escuchando un
insistente gemido usado a modo de advertencia de las consecuencias en caso de
la realización de mi deseo.
Pospongo el plan.
Cierro el grifo.
Me seco con apresuramiento cantando una canción
infantil cuya letra deformo por los actuales fallos en mi memoria debidos a la
falta del sueño.
Con el fin de acortar el tiempo de espera de mi
compañero de baño que me acosa con un volumen descomunal de sus quejidos,
decido no ser exigente en cuanto a mi vestimenta poniéndome, exceptuando unos
pocos y necesarios detalles, las prendas usadas el día anterior.
Tras unos escuetos pero valiosos arreglos la acción
culmina con éxito. Mi vástago nuevemesino ha llegado favorablemente a la meta
de mi aseo cotidiano, el pianista ha logrado mover sus dedos sobre el teclado
por unos minutos y yo me muestro decente para presentarme de nuevo ante el
mundo.
Entrego a nuestro tesoro al otro cuidador para proseguir
con mis responsabilidades laborales mientras los varones de la casa siguen con
los ejercicios psicomotrices con el objetivo de que todos podamos llegar a
salvo a la hora de comer.
Muy bueno! me encantó!!
ResponderEliminar¡Muchas gracias! :)
ResponderEliminarUn relato muy bonito y cuenta la vida misma. Besos 😘
ResponderEliminar¡Muchas gracias Ana!😘
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