El silencio esporádicamente interrumpido con cautela y
un singular olor, llenaban el espacio.
Ventana.
Afuera, unas traviesas zapatillas colgando de los cables
eléctricos se movían junto con las hojas de los abedules.
En la repisa, un par de zapatillas de satén lucía
rozando a "Walden". Quietas desde hacía unos años conservaban huellas
de antaño, cuando al son del adagio de Albinoni rivalizaban con las coreografías
de las ramas de la tilia plantada en el jardín de su casa paterna. Siempre le
acompañaban, parecían ser parte de ella.
-Pónmelas y lee, por favor -dijo la abuela señalando
el estante.
Le puse las zapatillas.
Me quité las botas y me senté en posición de loto.
Abrí el libro y ella cerró los ojos.
Los ruiseñores se pusieron a hacer sus nidos en las paredes
blancas. Los mirlos cantaron con los relatos de Thoreau. Los abetos entregaron
los piñones a la tierra y las zapatillas de punta sintieron la ternura del
prado. Mientras los riachuelos forestales corrían con fuerza por nuestras imaginaciones,
los arroyos que corrían por sus venas desaceleraban con sorprendente dulzura y
obediencia. El viento sopló invitando a un nuevo viaje. Su aliento voló hacia
las mariposas.
Los tacones y la bata blanca saludaban a los presentes
en el pasillo. Acaricié la tibia mejilla de mi abuela.
-Hasta siempre, bailarina.
-Buenos días, doctora. Ya no está mi nana -suspiré.
La médica apretó delicadamente mi mano, cuyo temblor
delataba la añoranza que empezaba a nacer en mí.