-Venga,
papá, suelta el picaporte, que me duele verte así.
-Y a mí, hijo, y a mí me duele que me veas así. Me
duele tener que ver hoy a la abuela. Este lugar era de estos dos. ¡Cómo lo
disfrutaban, si tú supieras! Cuando yo era un crío me encantaba verlos
trabajar. Qué fácil me fue seguir sus pasos, tuve suerte en eso. Uno a veces no
sabe lo que quiere. Yo quería trabajar donde ellos. Me contaban que cuando lo compraron
era un barucho. Pero el abuelo decía que eso iba a ser una segunda casa para
todo el vecindario. ¡Y tanto que lo era! ¿Qué le digo a don Pedro ahora? Si
desde que se murió su mujer no faltó ni un día. Cada mañana desayunaba aquí. Siempre
se sentaba a la mesa pegada a la puerta y a la ventana. De este modo, decía él,
podía mirar a los de fuera, a los que entraban y a los que ya estaban dentro.
Gajes de oficio, supongo yo, toda su vida trabajó de portero. ¿Y Jorgito? Para
el abuelo siempre seguía siendo Jorgito, por muy grande que fuera. ¿Recuerdas
cómo terminó trabajando con los abuelos? Lo pillaron vaciando las azucareras
que estaban en las mesas. Llevaba una bolsa llena cuando lo detuvo el abuelo y
le preguntó qué hacía. Jorgito bajó la vista y disculpándose dijo que era para
el cumpleaños de su hermana que hacía mucho tiempo que no comía nada dulce. Tu
abuelo lo llevó a la cocina, le envolvió un par de magdalenas en papel aluminio
y le dijo que éstas eran de regalo, pero si quería ganarse algo de dinero para
poder comprar más cosas para la pequeña, lo esperaba al día siguiente con unos
recados. Y ahí lo tienes hasta el día de hoy. Ahora ni falta hace traerla
pastelería de fuera porque la hace él mismo. Eso y mucho más, qué te voy a
contar que no sepas, prepara unos platos como nadie. Esta cocina era su
paraíso. ¿Y Luisa? Se va a quedar sin su café al lado de la tragaperras. La
pobre mujer se contentaba con eso. Porque ya me dirás tú, ¿le tienen que tocar
a uno solo tantas desgracias? Viuda, el padre con Parkinson, el hijo en silla
de ruedas. Esta mujer no para, vive por ellos. Media hora bajaba cada día para
tomarse su merienda y ganar un día o perder otro unos duros en la máquina. No
era relevante, con tal de distraerse un poco y cambiar de panorama le era
suficiente. Cuando vuelvan a aparecer por aquí los obreros del barrio van a
tener que buscarse otro lugar para almorzar. Lo mismo los chicos del cole que
venían a por los chicles de bola de la máquina y algunos por los churros y
bollos gratuitos que quedaban del día anterior. Digo yo que todos estos
volverán a cruzarse por estas calles. Pero a nosotros nos toca irnos. No hay
cómo aguantar más. Cuando tu tío Carlos me empieza a hablar de números y hacer
alarde de todos los conceptos de economía que él maneja, yo le digo que vaya a
contárselo a los del bar y a la abuela. Él se ríe con sarcasmo y yo con la mano
hago una seña de resignación. Ni Carlos me va a entender ni yo a él tampoco...
-Anda, suéltalo ya. Habla mañana con Pepe. A ver si
hay alguna solución. Hasta mañana, no le digas nada a la abuela.
No hay comentarios:
Publicar un comentario