Los testeros, aún esbeltos, esperaban su fin con
dignidad en aquella desierta planicie. No quedaba casi nada de lo que eran en
su época dorada. Miraban la contigua carretera por la que corrían automóviles
mientras los latidos de sus ladrillos se percibían cada vez más débiles. La hierba
alrededor estaba reseca, los árboles otoñales mostraban sus ramas desnudas, los
arbustos amenazaban son sus amarronadas espinas. Las ruinas de los edificios
deseaban notar en sus proximidades algún brote fresco, una hoja verde, alguna
raíz recién nacida.
Y ahí, en el medio de la espera a la muerte,
aparecieron las margaritas.
Se acercaron con sus pétalos a los antiguos muros y
acariciaron sus grietas. Abrazados por los neonatos recuperaron algo de fuerza.
Tal vez no seguirían por mucho tiempo en aquel campo destinado a alguna
construcción moderna, pero pasar el resto de su existencia acompañados de la
vida que seguía surgiendo en su cercanía, les resultaba apaciguador y
reconfortante.
Muy bonito! Un abrazo
ResponderEliminar¡Muchas gracias!😊
Eliminar