sábado, 8 de mayo de 2021

Cielos

Con cada trozo de farinata masticaba los recuerdos del Mar de Liguria. Los vientos de allá eran diferentes, el agua se acercaba de otro modo, la naturaleza acariciaba los pueblos de otra manera.

Despedazaba mi porción de torta alzando la cabeza para observar el cielo mendocino.

El cielo sí me parecía el mismo. Como el de las ilustraciones que dibujaba mi primo Enzo para el cuento “El pastor que nunca crecía”. Aquel cielo nos acompañaba cuando el barco zarpó de Génova. El mismo cielo se nos presentó junto con la cordillera el día de nuestra llegada.

Con el tiempo me encariñé con mi nueva casa. Sólo mi madre lloraba a veces cuando horneaba la farinata. La de mi abuela sabía tan rica cuando almorzábamos todos juntos, y todos es una palabra demasiado pequeña para con aquellos placenteramente ruidosos amontonamientos de familiares. Después no estaba ni la abuela ni la farinata de la abuela y toda nuestra familia también se encontraba bien lejos. Cuando miraba la foto de mis primos, volvía a murmurar “Ninna Nanna Ninna Oh” y mientras murmuraba, pensaba en Enzo: “¿Dónde estará ahora? ¿Dónde se quedó nuestro pacto de compartir los sueños? ¿Se están cumpliendo los suyos? ¿Algún día le podré hablar de lo que pasó con los míos? ¿Llegaremos a compartir alguno?”

Por las noches, cuando el río veía que me faltaba el mar, caía de la montaña discreto, pero más generoso de lo habitual y me cantaba la misma nana para apaciguarme. Y yo le respondía: “Sigue corriendo hasta el Mar de Liguria y dile a Enzo que un día quiero volver a leerle mientras esté dibujando a la bella Bargaglina”.

 

 


 


2 comentarios:

  1. Me encanta lo que escribes y como lo escribes!! Precioso!
    Abrazos de una admiradora

    ResponderEliminar
  2. ¡Mil gracias por tus bonitas palabras, querida Manuela!

    ResponderEliminar

La casa

Emparchado. Las tejas multicolores, las paredes remendadas, la puerta reparada con tablas de madera originarias de distintas épocas, los mar...