Nadie sabía de dónde venía aquel señor. El día en que
llegó, en la antigua entrada del pueblo apareció un arco de lapislázuli.
Cada atardecer el desconocido aparecía en el claro
aldeano y esperaba a que se le acercase alguno de los vecinos para contarle un
cuento. Muy pronto todos los habitantes supieron que el anciano ofrecía cuentos
a cualquiera que se lo pidiese. Y que a cambio del cuento pedía un ladrillo.
-¡Qué insólito! –decían.
Pero los cuentos tenían algo de magia.
Cada uno era como una historia inventada especialmente
para la persona que lo solicitaba. Así que, sin indagar más en el motivo de
aquel peculiar requerimiento, llevaban ladrillos y volvían a sus casas con una
bella historia contada a medida.
Al cabo de algún tiempo, todos poseían su relato.
Al día siguiente, después de haber regalado el último,
los niños vieron al generoso cuentacuentos caminando por un sendero que
conducía hacia el arco. Lo siguieron, curiosos, pero al llegar vieron que no
había nadie en el prado. En vez del cuentista encontraron los ladrillos que
había recibido. Junto con ellos había hojas de papel en blanco.
Los niños se miraron asombrados.
De repente escucharon un murmullo. Alzaron la vista y
vieron un enjambre de luciérnagas en forma de una rosa de los vientos
alejándose del pueblo. Sintieron un cosquilleo y notaron como los tallos de la
hierba se movían enérgicamente y las hojas blancas se llenaron de letras. Eran
relatos nuevos, un último obsequio del misterioso visitante.
Los habitantes pusieron las manos a la obra y en poco
tiempo construyeron con los ladrillos una biblioteca.
En ella, hasta el día de hoy, están los cuentos de
aquella inusual despedida.
He oído que maravillosas cosas siguen ocurriendo a las
personas que los leen, como si tuviesen el poder de despertar las almas
adormiladas de sus lectores.
¡Muy bonito! Lleno de magia...
ResponderEliminar¡Gracias! :)
ResponderEliminarMágico! Me encanta
ResponderEliminar¡Muchas gracias Manuela! :)
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