jueves, 31 de marzo de 2022

Después de la tormenta...

Siempre sale el sol.

Fui testigo de ello en múltiples ocasiones.

También aquella vez, cuando a mediados de verano, terminé alojándome por azar en la fonda de un pequeño pueblo ubicado a pocos kilómetros de la cordillera. Unos días de desconexión de los compromisos profesionales siempre vienen bien. Además, es un momento apropiado para conectar con todo aquello que durante la época de una intensa actividad laboral solo gime por las mañanas, cuando el crepúsculo matutino parece invitarme, casi siempre sin éxito, a desempolvar algunas habilidades y deseos apilados estáticamente en la memoria inactiva.

 Instalada en una acogedora habitación rústica, sintiéndome cómoda y segura, observaba por el vidrio de la ventana un espectáculo meteorológico.

El aviso del clima fue repentino y de corta duración.

Enseguida el cielo se tornó opaco y los árboles, tras una endeble resistencia, comenzaron a encorvarse oprimidos por inclementes y tenaces soplos del viento.

Los granos de hielo descendieron trotando hacia la superficie.

La ausencia de peatones y conductores en la calle de enfrente me permitió disfrutar sin sentimiento de culpa o angustia de ese gélido hostigamiento que nunca antes había experimentado.

Los montículos blancos y los torrentes formados en ambos lados de la calzada cambiaron asombrosamente la escenografía de mi domicilio temporal. Las corrientes acuáticas avanzaban veloces arrastrando con vehemencia todo lo que hallaban en su camino. Los azotes glaciales ahuyentaban a los seres vivos de los alrededores. La furia de la tempestad no duró mucho tiempo. Pronto el paisaje volvió a parecer más amigable y sereno.

Me puse las katiuskas y salí a respirar el aire húmedo que olía a hierba sacudida por el agua y cortada con las bolas de hielo.

A unos pocos metros de mi albergue se encontraban unos terrenos campestres en cuyos extremos había descubierto frutales de diferentes tipos que resultaban atractivos para los residentes de grandes metrópolis.

Decidí caminar hacia aquella zona pensando que merendar fruta fresca recién arrancada de las ramas sería la mejor manera de culminar una tarde tan interesante.

Llegando a los perales vi a un individuo arqueado que escupía y soltaba numerosos insultos hacia un receptor desconocido.

Avancé unos pasos para poder comprender lo que estaba pasando.

El hombre, con su mirada triste y desesperada, contemplaba el campo devastado por la granizada. Abismado en su pesadumbre, no se percataba de mi presencia ni de la torcaza muerta que yacía a sus pies, acribillada por el granizo. Meses de arduo y sacrificado trabajo fueron destrozados en cuestión de unos pocos minutos.

La malla del vecino agricultor, casi intacta, seguía protegiendo la cosecha con su firme tejido.

Los rayos del sol rozaron los campos desamparados y heridos del campesino afectado por el temporal.

Es cierto, pensé, después de la tormenta siempre sale el sol. Sale para presenciar los días calmos y los agitados, las victorias y las derrotas, la fortuna y la desgracia, sale con los nacimientos y las muertes, sale alumbrando lo más delicado y lo más brutal de la naturaleza y de la humanidad. Sale siempre, pero no siempre sale igual para todos.

 

 

 

 

 


miércoles, 2 de marzo de 2022

Una triple aventura

Inicio del desafío. Fecha: cualquiera, hora: imprecisa, supeditada a las eventualidades diarias. Preparados, listos, se abre el grifo y la tapa del piano de cola. Suenan las primeras notas de una de las piezas creadas por el compositor y padre a tiempo completo.

Las primeras gotas, cayendo de la alcachofa de la ducha, alcanzan el fondo de la bañera. La pequeña criatura llamada el fruto del amor de ambos progenitores está saciada y relativamente apacible, lo cual suele tener una duración breve.

Se requiere actuar con rapidez.

Me desvisto, doy un salto hacia el agua con cuidado para no sumarle a las tareas matutinas la de una visita a las urgencias con una extremidad fracturada.

El hombrecillo de unos pocos meses se encuentra en la etapa de exploración táctil del bidé, mientras yo paso por la fase uno del lavado corpóreo valorando entre tanto mis posibles incompetencias como protectora de mi acompañante ante la exposición a las bacterias.

Fase dos: acondicionamiento del cabello y cuidados faciales. El hombre miniatura empieza a impacientarse, por lo tanto, hay que comenzar a activar las habilidades artísticas. Aprovechando la melodía procedente del exterior y continuando con el enjabonado improviso una coreografía que dignamente podría competir con el baile de YMCA de Village People.

El mini ser vuelve a distraerse y a mostrar su descontento. Llega el momento de entrega de objetos diversos.

Su atractivo capta la atención de la pequeña cabecita por unos pocos instantes. A todos ellos les espera el mismo trágico final de ser arrojados rabiosamente al suelo. Concluye la masacre de los recipientes de droguería y la parte superior de mi cuerpo está higienizada con éxito.

Mientras paso a la fase cuatro -limpieza del tronco en dirección hacia los pies- me arriesgo a ser dolorosamente tratada por la barra de la cortina ya que su resistencia a los tirones de las manos del pequeño destructor está debilitada de manera significativa.

Logro evitar un infortunio doméstico rematando la purificación corporal.

Miro con añoranza la maquinilla de afeitar escuchando un insistente gemido usado a modo de advertencia de las consecuencias en caso de la realización de mi deseo.

Pospongo el plan.

Cierro el grifo.

Me seco con apresuramiento cantando una canción infantil cuya letra deformo por los actuales fallos en mi memoria debidos a la falta del sueño.

Con el fin de acortar el tiempo de espera de mi compañero de baño que me acosa con un volumen descomunal de sus quejidos, decido no ser exigente en cuanto a mi vestimenta poniéndome, exceptuando unos pocos y necesarios detalles, las prendas usadas el día anterior.

Tras unos escuetos pero valiosos arreglos la acción culmina con éxito. Mi vástago nuevemesino ha llegado favorablemente a la meta de mi aseo cotidiano, el pianista ha logrado mover sus dedos sobre el teclado por unos minutos y yo me muestro decente para presentarme de nuevo ante el mundo.

Entrego a nuestro tesoro al otro cuidador para proseguir con mis responsabilidades laborales mientras los varones de la casa siguen con los ejercicios psicomotrices con el objetivo de que todos podamos llegar a salvo a la hora de comer.

 

La casa

Emparchado. Las tejas multicolores, las paredes remendadas, la puerta reparada con tablas de madera originarias de distintas épocas, los mar...