martes, 21 de septiembre de 2021

La viajera

Tan apreciado por mí puede llegar a ser el objeto de odio temporal cuando en versión ajena lo tengo cerca en un estado indeseable.

Adoro los trenes donde aún puedo sentarme enfrente de otros pasajeros en un compartimiento. Eso me ha permitido, en numerosas ocasiones, entretenerme durante los viajes observando a los azarosos actores escuchando historias provenientes de diversos lugares del mundo.

Por eso me sentí entusiasmada al ver a la viajera abriendo la puerta para colocarse en el asiento paralelo. Pero la desilusión se presentó justo después de la que consideraba una ansiada llegada de la compañera del trayecto.

Creo que aquella imagen fijada en mi cabeza en cámara lenta y las dos horas posteriores que parecían durar toda una eternidad, se quedarán para siempre en el cajón de mis recuerdos de vivencias turbadoras que con el tiempo se convierten en chistosas. Podré usarla para divertir a los participantes de más de una reunión deseando asimismo que contarla me sirva de hechizo con el que aleje de mí para siempre este tipo de compañeros de viaje.

Nunca dejaré de asombrarme cómo algunos actos inocuos de la gente finalmente resultan ser lamentables.

La veía desatando los cordones de sus zapatillas blancas. Los recipientes níveos de imitación cuero llevaban en su interior dos extremidades que habían pasado ahí un largo rato. Desnudas, habiendo saltado al exterior, aletearon removiendo el aire a su alrededor.

Y fue cuando mi sufrimiento comenzó.

Hasta el final de esa ardua aventura deseaba estar padeciendo de hiposmia, pero el funcionamiento de mi organismo no parecía estar sincronizado con mis anhelos.

El rostro despreocupado de ella indicaba claramente que el sentido químico correspondiente no informaba a la autora de los hechos sobre el desorden olfativo que me provocaba.

Llegando a mi destino creía estar ganando una carrera de resistencia. Salté por los escalones aplacando mi disgusto. Con pasos enérgicos me dirigí hacia la salida.

Observando mis pies que una y otra vez tocaban la superficie del andén me prometí cuidarlos mucho no sólo para que me sigan llevando a todas partes, también para no arriesgar la salud física y mental de mis acompañantes durante los futuros periplos.

 


viernes, 17 de septiembre de 2021

La carretera

Es difícil entender cuál es el motivo por el que en algunas circunstancias actuamos de manera tan reiterativa. Pareciera necesario mostrar al mundo, una y otra vez y a toda costa, que al hombre le cuesta aprender ciertas cosas.

La cuestión es que su madre la estaba esperando con la cena. No es cualquier cosa, porque el hecho de que te esperen con la cena en un barrio como aquél es un detalle que uno no debería menospreciar.

Pues sí, iban a poder cenar. Es más, iban a cenar todos juntos porque por fin su padre volvía a casa por unos días.

Es lo que hay: el padre cada noche en casa y los platos hambrientos por la cartera vacía o la cena en familia completa algunas veces al mes. Es lo que hay, al final lo aceptas, te acostumbras, lo haces por inercia o te encolerizas, pero la barriga te hace optar por el plato lleno y el hogar medio vacío la gran parte del tiempo. Lo bueno es que cuando están juntos, la tele puesta a todo volumen, las risas de los críos y las charlas de sus padres convierten el jaleo en una plácida amalgama que les hace dormir en paz.

Hay una carretera pegada a su casa. Una de éstas donde sobre todo en invierno, los peatones injurian a entes inidentificables por racionar tan mezquinamente los puentes seguros que unan los barrios ubicados a las dos orillas de la calzada bidireccional.

El padre y la cena esperan, el universo podría mostrarse indulgente ante tal urgencia. Pero la oscuridad y los conductores apresurados no llegan a pactar esta noche un desenlace grato para la corredora. Los carriles son anchos, la velocidad de los automóviles salvaje y los pasos de la transeúnte mal medidos. El chillido de un freno deficiente hace temblar al cucharón en las manos de la madre. Esta vez no van a cenar todos juntos. Sólo queda rezar a que la silla que hoy queda vacía no se convierta en un objeto de un espantoso y permanente recuerdo de un ser querido ausente.

Me pregunto cuántos de los que se dedican a hacer eslalons entre los motores no volverán a casa para la cena y cuándo se estrecharán ambas orillas de este río de vehículos con anhelados viaductos para animar a los deportistas extremos a abandonar esta peligrosa disciplina.


La casa

Emparchado. Las tejas multicolores, las paredes remendadas, la puerta reparada con tablas de madera originarias de distintas épocas, los mar...