jueves, 6 de julio de 2023

La casa

Emparchado. Las tejas multicolores, las paredes remendadas, la puerta reparada con tablas de madera originarias de distintas épocas, los marcos debilitados por el paso del tiempo sosteniendo con determinación las hojas de vidrio.

 Una casa que despertaba sensaciones antagónicas.

Había algo en ella que, a pesar de su ajado estado, aseguraba una estancia serena al pasar el umbral.

Entré ávido de reafirmar los consejos de mi intuición.

Los anaqueles me dieron la bienvenida haciéndoles rebotar a los marcos depositados en su superficie con algunas viejas y otras más recientes fotografías en su interior.

En la butaca, un hombre longevo estaba sentado cómodo, mirando hacia la ventana desnudada intencionadamente de las cortinas para poder apreciar el exterior sin obstáculos: un viejo pero bien mantenido balancín, árboles recién plantados y otros con varias décadas encima, niños cavando en la tierra, mojándose con la regadera escamoteada y de tanto en tanto enviando besos hacia el observador octogenario, el jardinero podando una flamante rosaleda, pegado a los troncos de las thujas un montículo señalando la cucha eterna de su cuadrúpedo compañero.

Un sombrero se arrellanaba en el sillón pegado a su mueble gemelo.

Habiendo sondeado el entorno supuse que a la dueña ya le había llegado su hora. La prenda de paja cumplía desde entonces funciones de compañía que se le habían conferido.

Pensé en el trompo de mi abuelo que desde su partida empezó a formar parte del estante colgado encima de mi cama. Yo en esos instantes contaba con poca antigüedad mundana. Cada noche miraba el juguete de madera y le dirigía unas palabras. Era para mí como un rezo nocturno que me ayudaba a conciliar el sueño.

Volví a fijarme en el hombre sentado en el salón.

Me fijé en su rostro, arrugado y entrañable y sus ojos de color azul acero. Su casa y la gente amada eran su cobijo. Ha sido capaz de proteger y reconstruir su guarida tras cada pérdida de algún fragmento. Las quebraduras en muchas ocasiones debilitaron su armazón vital pero las relaciones reedificadas y los muros reforzados seguían siendo su escudo.

Las voces de los pequeños pirueteando por el cenador, insinuaban que reposara en las escaleras con su último escalón rozando el ripio.

¿Habré leído los pensamientos ajenos en aquellos ojos azulados o vi en ellos mis propias reflexiones?

La barandilla me pareció lo suficientemente cómoda como para apoyar la cabeza y cerrar los ojos por unos minutos.

Me despertó el viento que entró en casa sin invitación previa y comenzó a columpiar los visillos y el trompo de mi abuelo instalado en la mesilla.


 


La casa

Emparchado. Las tejas multicolores, las paredes remendadas, la puerta reparada con tablas de madera originarias de distintas épocas, los mar...